En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas» (San Mateo 5, 38-42).
COMENTARIO
Con el pasaje de hoy, la Iglesia nos sitúa en el corazón del Evangelio: en aquella enseñanza de Jesús que escandaliza incluso a los cristianos. En el contexto de las Bienaventuranzas nos encontramos ahora con lo que el Señor indica como la justicia nueva, superior a la antigua.
Es aquello que El espera de sus discípulos para que puedan ser la luz del mundo. Para ello tendrán que mostrarse distintos, hacer algo diferente, que sorprenda, que choque con la mentalidad común de los demás. Y ese algo es : devolver el bien por el mal recibido; no poner resistencia al daño que sufres; El lo explica mediante tres ejemplos evidentes de amor al enemigo.
¿Es posible esto, o es sólo una utopía?. ¿Puede llevarse a la práctica o no es más que una fantasía, un sueño de Jesús?. Sabemos que ello es algo real y efectivo porque se cumplió en el mismo Cristo y en quienes le han seguido más de cerca: los santos.
Pero ¿cómo puede realizarse algo que es contrario a la propia naturaleza humana, al común instinto de supervivencia de la persona, que le lleva a defenderse del mal que le hacen?. Sería necesario tener otra naturaleza, distinta de la humana, superior a la que todos tenemos.
Justamente esto es lo que ha venido a darnos Jesucristo: El nos ha mostrado la naturaleza divina en su propia persona. El no resistió al mal que le hicieron, y nos mostró que Dios, su Padre, es así: bueno con los pecadores, protegiendo y cuidando incluso de los perversos e ingratos. Y EL, al morir, entregó su propio Espíritu, su ser más profundo para que nosotros pudiéramos recibirlo y tuviéramos una naturaleza santa y perfecta como la suya. Por ello puede pedir a sus discípulos algo que les supera totalmente, pero que les ha sido regalado en el Bautismo, al ser incorporados a su persona: la actitud divina frente al pecado del mundo.
Notemos, de paso, que Jesús no menciona tan sólo una «no resistencia» al mal, meramente pasiva, de no devolver insulto por insulto ni golpe por golpe. Va más allá, habla de superar con el amor al daño sufrido. Es la única forma de vecer al mal e impedir que prolifere. crezca y se propague; parándolo y asumiéndolo en la propia persona. Es claro que esta moral evangélica no puede ser norma de vida para el común de los mortales, pero sí para aquellos que siguen a Cristo. Ellos han conocido por experiencia el amor misericordioso de Dios, su infinita paciencia para las infidelidades, rebeldías y traiciones del hombre. Saben que El siempre perdona, y han ido aprendiendo, poco a poco, a vivir en este ámbito de gracia inmerecida, del cual no deben apartarse, para no perder la felicidad de ser tenidos y tratados como hijos en la casa del Padre.
A gozar de ese mismo espacio de libertad interior y de total perdón nos invita Jesús mediante esta palabra. Su Espíritu nos lo hace posible, siempre que nosotros lo deseemos y lo pidamos. Ciertamente, ello requiere una lucha diaria seria con nuestras tendencias naturales, con nuestro orgullo y egoísmo. Pero en ese combate, El estará siempre a nuestro lado, para ayudarnos y sostenernos en pie, a poco que le invoquemos.
La cuestión es: ¿creemos que esta palabra de Jesús contiene la verdad más profunda de la existencia humana, que es vivir en y para el amor?. ¿Estamos dispuestos a asumirla con sus consecuencias todas?. ¿Deseamos que se haga carne en nosotros?. ¿Se lo pedimos a Cristo, para que El nos habite con su Espíritu, y pueda realizarlo El en nosotros?
