En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿A dónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga dejará convicto al mundo a cuenta de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado (San Juan 16, 5-11).
COMENTARIO
Dice Jesús a sus discípulos, a nosotros “ninguno de vosotros me pregunta:”: ¿a dónde vas Jesús? ¿A dónde estás?, ¿dónde te encuentras? Ese es el punto que deberíamos preguntarnos todos nosotros. No tanto preguntarnos a dónde va el mundo, nuestro país, nuestra empresa, nuestro trabajo y nuestro dinero, nuestra salud… No. No tanto preguntarnos por nosotros mismos. Porque “todo lo considero basura” dice San Pablo. Sólo Cristo. Lo demás no es nada, todo pasará.
El príncipe de este mundo está condenado dice Jesús. Tiene los días contados. Ha sido derrotado. Vivamos ya como ciudadanos del cielo donde está nuestra cabeza: Cristo. Si la cabeza ya ha roto la cinta de la meta, todo el cuerpo está ya victorioso en la carrera. Si nosotros somos su cuerpo, estamos ya resucitados con Él. Si no tenemos a Cristo, la tristeza nos llena el corazón. Si no tenemos a Cristo, no tenemos nada. Pero si tenemos a Cristo, si vivimos con Él, si Él vive dentro de nosotros tenemos una vida y una alegría que nadie nos podrá robar.
