En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud» (San Juan 15, 9-11).
COMENTARIO
En este evangelio destacamos a primera vista tres conceptos o palabras importantísimas y claves en nuestra religión, en la religión cristiana: Amor, perseverancia y alegría.
Empieza Cristo diciendo a sus discípulos que como le ama el Padre a Él, los ha amado Él a ellos, nos ama Él a nosotros. La magnitud de ese amor del Padre al Hijo está patente en todos los evangelios. La excelsa grandeza de este es manifiesto en las mismas palabras del Padre en el Bautismo en el Jordán, en la Transfiguración del Tabor, en la propia Resurrección e incluso en la Creación del mundo. No hay en el Universo amor más excelso ni más sublime que el que hay entre el Padre y el Hijo. Y prueba de ello es el Espíritu Santo…
Por eso, Jesús, por amor al hombre le pide, le recomienda, para no vivir sin ese tesoro, permanezcamos en él. Una fortuna como esa no es como para dejarla…Es como esa moneda encontrada por la mujer que se pone tan contenta al hallarla, o el tesoro descubierto en un campo, Es como si nos dijera: No lo desaprovechéis, este amor es para vosotros, no seáis tontos, permanecer en él. Mi amor solo trae ventajas y bienes, permanecer en él.
¿Y cómo?
Muy fácil: guardando sus mandamientos, sus enseñanzas, sus preceptos, lo que dijo en el sermón de la Montaña y a lo largo de su vida, imitando su conducta y su ejemplo, siendo discípulo suyo. Y se es discípulo suyo, -ya lo dijo Él- yendo a buscarle, negándose a sí mismo, tomando la cruz cada día y siguiéndole. Es decir, fuera el yo, el ansia de ser querido y estimado por el mundo, el amor propio, el egoísmo, la crueldad, el rencor, el odio, la búsqueda de del éxito humano… Al contrario, aceptando las contrariedades y disgustos de cada día, los problemas, las enfermedades, los plantones, las bofetadas, la soledades y desprecios sin quejarse, con paciencia y serenidad, con gratitud incluso, con serenidad, bendiciendo que nos dé ocasión de ofrecerle algo, un puñadito de sacrificio que llevar a la cruz del Gólgota.
Y Jesús termina sus palabras con algo que casi nos sorprende porque nunca habló antes tan abiertamente de la alegría. “Os he hablado esto para que mi alegría esté en vosotros”. ¿Te das cuenta? ¿Dios quiere depositar en nosotros su alegría?, ¿Quiere que seamos los guardianes de ella, se fía de nosotros?, ¿es posible que sea tan bueno con nosotros?
Y no contento, antes de que nos repongamos de la impresión causada por esas maravillosas palabras añade y remacha: “Os he hablado esto, también “Para que vuestra alegría llegue a plenitud”. ¡A Plenitud!, es decir, no a medias, ni bastante, ni mucha…, no, ¡a plenitud! con el alma llena a rebosar, algo que no puede dar el mundo…
Si eso es lo que da la comunión total con el Señor, la permanencia en su amor, el guardar sus mandamientos: La felicidad suma, sin fisuras.
¡Qué hermoso evangelio, Señor…! ¡qué amor tan entrañable…!
¡Gracias por todo…!
