En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (San Juan 14, 21-26).
COMENTARIO
Hay dos cosas que han llamado mi atención en el evangelio de hoy. La primera es que Jesús dice a sus discípulos: “el que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”.
Poco después de esto dirá Jesús en el mismo contexto: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”. Y también Juan en su carta nos recuerda en qué consiste amar a Dios: “Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados.” Recuerdo hace unos años, visitando el barrio judío de Nueva York, nos decía el guía, para ver lo difícil que tienen la vida los judíos, que ellos tienen más de 600 mandamientos y lo comparaba con lo fácil que lo tenemos los cristianos que solo tenemos 10. Y yo pensaba que la verdad es que solo tenemos uno: AMAR.
La segunda cosa que me llama la atención en el evangelio de hoy es lo que dice Judas: “Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?”.
En este tiempo pascual Jesús se aparece resucitado, pero no a todos: sólo a los que le acompañaron de Galilea a Jerusalén. Incluso, cuando se aparecía, no le reconocían. Para reconocer a Cristo resucitado es necesario amarle y seguir sus mandatos, y de esta forma habrá una unidad entre Dios y nosotros. El Espíritu Santo que Dios nos da es el que nos hace vivir todas estas realidades.
