Después de haberse saciado los cinco mil hombres, Jesús enseguida apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran hacia la orilla de Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y después de despedirse de ellos, se retiró al monte a orar.
Llegada la noche, la barca estaba en mitad del mar y Jesús, solo, en tierra.
Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dijo: «Animo, soy yo, no tengáis miedo».
Entró en la barca con ellos y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada (San Marcos 6, 45-52).
COMENTARIO
Este episodio se relata en los evangelios de Mateo, Marcos y Juan. No aparece en el evangelio de Lucas. En los tres, se sigue inmediatamente a la multiplicación milagrosa de los panes, en la que se cita que se alimentaron más de 5000 hombres.
Esto nos ofrece un contexto en el que se descubre primero que a Jesús se le reconocía como un gran profeta, que arrastraba tras de sí multitudes, gentes hambrientas, que vagaban por el mundo como ovejas sin pastor. Han encontrado a un pastor que las pastorea y las alimenta. Este signo aparece como fundamental en la pretensión que tienen de hacerle rey, frente a lo cual Jesús se escabulle, porque su reino no es de este mundo. Tiene que enseñárselo así a sus seguidores: su reino no es de este mundo.
Se escabulle para ir solo a orar. Esa intimidad con Dios, su Padre, esa íntima unión aparece frecuentemente en los relatos evangélicos. Se retira solo a orar.
Es una invitación a entrar en nuestro interior, allí donde estás solo, donde no hay apariencia ni engaño, en tu propia conciencia, y allí, donde solo Dios tiene acceso, allí clama: «Abbá, Padre. Enséñame cuál sea tu voluntad; dame fuerza para cumplirla; no retires tu rostro ni tu misericordia de mi vida Ya sé que Tú siempre eres misericordioso, pero que los avatares de la vida, la tormenta, el viento contrario, no oculte tu amor en mi vida».
Había despedido a los discípulos. ¿Qué pensarían?
¡Es el Mesías! ¡Va a ser nuestro rey! Irradia autoridad. Hace los signos anunciados. Todo encaja.
Su proyecto es apuntarse “al caballo ganador” Ya ves, le dice Pedro, Hemos dejado todo por ti. Concédenos estar a tu lado, uno a tu izquierda, otro a tu derecha, le dicen los hijos de Zebedeo. Buscan protagonismo, recompensa, reconocimiento, premio…
¡El Señor les tiene que enseñar que su reino no es de este mundo!
Y se embarcan, avezados pescadores, conocedores de su oficio, probablemente siguiendo instrucciones de Jesús, que se ha quedado solo en la intimidad de su relación con su Padre. Id a la otra orilla, que allí nos veremos.
Y ese proyecto de vida se tuerce: se levanta el viento, se encrespa el mar, llegan las dificultades, la noche se cierra, no hay luna, ni estrellas, ni tranquilidad… Solo zozobra, miedo, angustia. Pereceremos. ¿En qué queda nada?
Y aparece Jesús andando sobre las aguas. Se pusieron a gritar. Porque además del viento y de la tempestad, ven un fantasma…
Ahí aparece Jesús. No temas. Soy yo. Y las olas y el viento se calmaron.
Queda solo el estupor.
