En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.
Jesús respondió: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: “Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”.
Pero el viñador respondió: “Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”» (San Lucas 13, 1-9).
COMENTARIO
Si hay una palabra que transmite lo que Dios siente hacia cada una de sus criaturas, esa es “Misericordia”. Si acudimos al origen griego y la etimología de esta palabra, tan presente en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, encontramos esta definición: Misericordia, literalmente significa entrañas, es una forma plural de réhèm, el seno materno. La misericordia, o la compasión, es aquí el amor sentido, el afecto de una madre hacia su hijo (Isaías 49, 15), la ternura de un padre por sus hijos (Salmo 103,13), un amor fraterno intenso (Génesis 43,30).
Y esa misericordia que empapa cada una de las frases que Jesús dedica a los hombres, está hoy expresamente reflejada en este texto del Evangelio cuando el viñador dice al dueño de la viña, que propone cortarla: “déjala todavía este año”.
Jesús nunca se cansa de nosotros. Como decía San Pedro (2Pe 3,12), “la paciencia de Dios es nuestra salvación”. Jesús siempre está dispuesto a esperar, a darnos una nueva oportunidad, porque su amor, como dice San Pablo: (12, 31-13), “Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites”
Ninguno de nosotros nace Santo, ninguno deja de pecar a lo largo de su vida, ninguno deja de caer, porque somos humanos: todos somos salvados una y mil veces porque tenemos un Dios misericordioso que se apiada en cada una de nuestras caídas. Por esta razón, no nos demos por perdidos ni demos a nadie por perdido. Mientras levantemos los ojos al Padre y busquemos su rostro, veremos unos ojos de misericordia que están dispuestos a rescatarnos y a rescatar a los demás hasta el último aliento de vida.
Cada vez que sintamos desesperanza, volvamos nuestra mirada a las palabras del salmista: Salmo 46:1-2 “Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar”

2 comentarios
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