Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse en una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla.
Les habló muchas cosas en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte salló al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió9 el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.
Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron.
Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra treinta.
El que tenga oídos, que oiga” (San Mateo 13, 1-9).
COMENTARIO
¿En qué clase de terreno te identificas? ¿En uno concreto?, ¿en varios? Quizás somos a veces como el camino: escuchamos al Señor, pero nuestra vida no cambia porque nunca entendemos que nos quiere decir, o incluso nos creemos que lo que dice no va para nosotros. Otras veces como el terreno pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes ante las dificultades, no tenemos el valor de ir contracorriente. O somos como el terreno espinoso: el mundo y sus vanidades sofocan en nosotros las palabras del Señor. Muchas veces nos acostumbramos a jugar a dos bandas. Queremos quedar bien con Dios y quedar bien con el mundo. Y el mundo termina por sofocarnos y acaba con nuestra fe.
Algunos de nosotros, o en muchos momentos de nuestra vida somos meros practicantes de la religión, Friedich Nietsche decía que el origen de la religión es el «miedo a la muerte» y por eso cualquier cosa enigmática, grande o misteriosa puede ser objeto de nuestra adoración. Esto sucede porque hemos sido creados para Dios y al separarnos de él sentimos el deseo y el instinto de confiar en algo sobrenatural. Sustituirlo. De ahí viene nuestra idolatría, las supersticiones etc…
Pero además, no queremos conocer cómo somos realmente; no nos conocemos ni sabemos las mezquindades que somos capaces de hacer; por eso tantas veces pensamos que somos buenos y llevamos la razón. La culpa de los conflictos la tienen siempre los otros, los otros son los que se equivocan. O como mucho, en nuestro análisis de víctimas, han empezado ellos, me han provocado… No somos conscientes de nuestros pecados. Somos duros como piedras. Tenemos un sentido de la justicia muy personal y lo ponemos por encima de cualquiera de nuestro entorno.
No tengas miedo de la autocrítica, de que en tu análisis veas tu responsabilidad, tu error, tu culpa. Pablo dijo: «… pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia;» (Romanos 5, 20b). Uno se da cuenta de la gracia de Dios cuando se da cuenta de su pecado, debemos admitir que pecamos desde el día en que nacemos hasta el día en que morimos. Admitamos ante Dios que somos pecadores y que todos nuestros pecados han sido borrados a través del bautismo por la muerte y resurrección del Señor. Esto es vital para nosotros y nos da el valor de reconocernos como somos, sin que el peso de nuestras culpas nos ahogue “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.”(Marcos 2, 17b), sólo los que admiten su maldad y su naturaleza pecadora pueden recibir la remisión de los pecados. Muchas veces, cuando no queremos admitir nuestros errores, nuestras malas intenciones bien disimuladas, empezamos a dejarnos seducir por la mentalidad del mundo que nos rodea, para encontrar justificación y disculpa. Y el mundo con sus opiniones y pasiones, nos lo relativiza todo, y nos hace desear insaciablemente todo lo que nos rodea, que tantas veces nos lleva a la ansiedad y a la muerte. Siempre estamos amenazados porque vivimos entre abrojos y espinos.
Ninguno podemos evitar nacer como borde del camino, o como pedregal o como campo de espinos, porque todos hemos nacido pecadores, y como tales, todos debemos nacer de nuevo como dice Jesús a Nicodemo en Jn 3, 5: “… el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios” Y esto es posible gracias a Jesucristo: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3, 16)
La buena tierra es aquel que, con mayor o menor rendimiento, y alabando siempre a Dios, se confiesa pecador y acepta y desea la Palabra de Dios que viene a llenar nuestra vida y darle sentido.
