Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla.»
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!» (San Marcos 4, 35-41).
COMENTARIO
A la otra orilla, Señor, ninguno podremos llegar si no es contigo. Tantas veces el mar en el que navegamos por nuestra vida no esta en calma. Todos hemos sentido el miedo, la contrariedad, la enfermedad, el sufrimiento y el sinsentido en nuestra travesía. Parece como que no estas o estas dormido. Pero si estas. La mentira de que no estas nos la susurran continuamente el maligno, el acusador, el príncipe de la mentira. Tu esperas pacientemente nuestra llamada de auxilio. Esperas que te llamemos, que te despertemos de tu falso sueño porque tu nunca sueñas siempre estas en la realidad. Porque tu eres la Verdad y con el inmenso regalo que nos hiciste dándonos la libertad una y otra vez esperas que te busquemos. Ya lo dijiste cuando fotografiaste la imagen que quieres reproducir en nosotros de aquel inolvidable día en el monte cuando dijiste: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” Mt 6,33. Eso es lo imprescindible en mi viaje por este mundo para mi. Preocuparme de que tu vayas conmigo o mejor de que yo vaya en tu barca donde tu vas. Porque donde tu vas no podemos ir solos sin ti. “Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Jn 14, 5-6. Tú eres quién ha abierto un camino de retorno para volver a las manos amorosas y eternas de nuestro Padre. Del que nos dio la vida y la libertad, del que nos pensó en el principio de los tiempos. De quién en su inmensa grandeza y por su inconmensurable designio nos llamó para hacernos sus hijos. No estamos solos en el mar de nuestros afanes y preocupaciones. Cada día nos propones navegar en la barca de tu Iglesia que tú has escogido para llevarnos a todos los que respondiendo a tu llamada deseemos llegar a la “otra orilla”, … el “nuevo cielo”.
¡Buen día con el Señor!
