«Los discípulos le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?». Él les contestó: «Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos». Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista” (San Mateo 17, 10-13).
COMENTARIO
Juan “el bautista”, el hombre más grande nacido de mujer, en expresión de Jesús, aparecerá en el desierto viviendo austeramente y llamando a la conversión a todos los hombres que a él se acercan (Lc 3,1-18).
El desierto es el lugar del encuentro con Dios, es el espacio ambiental en el que Dios enamora al pueblo hablándole al corazón y donde le purifica de todas las idolatrías. El desierto, es el lugar donde Dios se manifiesta sin interferencias ni ruidos; el desierto es el tiempo de gracia en el que Dios habla directamente al corazón del hombre para seducirlo y manifestarle su amor de padre, de esposo, de aliado, de amigo; el desierto es el lugar de la pureza, la simplicidad y el amor; el desierto es el “adviento” de la tierra prometida. Por eso, Juan Bautista nos invita a adentrarnos con él en el desierto para vivir la experiencia de encuentro con Dios, como la tuvieron Moisés, Elías, él mismo y Jesús.
“Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan” (Jn 1,6). Juan Bautista ha sido elegido por Dios para preparar la venida de su Hijo al mundo. Su misión es la de ser voz que precede a la Palabra, amigo del novio que invita a la boda del Cordero, testigo de la Luz que no conoce el ocaso, el que bautiza con agua en la espera de Aquel que bautizará con Espíritu Santo y fuego, el que encarna el espíritu y la fuerza del profeta Elías. El Evangelio de Mateo, presenta la figura de Juan el Bautista llamando a la conversión: «Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: ´Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos`» (Mt 3, 1-2). La palabra conversión en griego se dice metanonia que etimológicamente significa “cambio de mente”, designa una renuncia al pecado, una “penitencia”. Esta invitación a la conversión supone una actitud por la que el hombre se vuelve hacia Dios e inicia una nueva vida. Penitencia y conversión son la condición necesaria para recibir la salvación que trae el Reino de Dios.
Juan Bautista representa en el Adviento una llamada a vivir en la verdad de nuestra condición de pecadores y una apuesta decidida por salir de la codicia que es una idolatría, de la mentira y de la alineación en la que nos obliga a vivir el pecado. No sirve contentarnos con decir que ya somos cristianos, Juan Bautista nos dice: “No andéis diciendo en vuestro interior: ´Tenemos por padre a Abraham`” y nos pide que demos “frutos dignos de conversión” (Lc 3,8). Convertirse supone entrar en la verdad más honda de nuestro ser y reconocer que la vida no nos pertenece, que estamos aquí de paso, que no somos imprescindibles, que no podemos vivir solamente para nosotros mismos dando culto a nuestro YO como si fuéramos dueños de nuestra vida y de la de los demás. Juan sabe mucho de pasar a un “segundo plano”, de no “ponerse medallas”, de huir de la vanagloria que es, al final, una gloria vana.
Juan es en el Adviento la encarnación de la humildad que es la verdad: “viene el que es más fuerte que yo, y yo soy digno de desatarle la correa de sus sandalias” (Lc 3,16). Juan es, ciertamente, un hombre humilde: no es él la Palabra, sino una “voz que clama en el desierto”; no es él, el Novio, sino el amigo del Esposo; no es él, el Cristo, sino su precursor; no es él, el que bautiza con Espíritu, sino con agua; no es él la Luz, sino un testigo de la mañana que anuncia el alborear del nuevo Día, “una lámpara que ardía y brillaba…” (Jn 5,35).
Juan es, en boca de Jesús, el que “ha dado testimonio de la verdad” y al final de su vida, rubricará con su sangre el ser un mártir = testigo de la Verdad. Su mensaje sigue siendo hoy para nosotros fuente de vida porque nos pone en la senda de Aquel que es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Desierto, conversión, humildad y verdad. He aquí cuatro palabras para seguir “rumiando” en esta última semana que precede a la Navidad y saborear lo bueno que es Dios con nosotros porque el testimonio que Jesús nos trae “es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de que el Padre me ha envidado” (Jn 5, 36).
Juan Bautista realizó en su persona la misión del profeta Elías, Jesús nos dice de él: “Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos” (Mt, 17, 12). Elías es para Jesús como un anticipo de su vocación y destino final, el Misterio Pascual realizado en la persona del precursor se realizará plenamente en la pasión y muerte del Redentor.

5 comentarios
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