En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»
Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta» (San Lucas 13, 18-21).
COMENTARIO
El reino de los cielos. ¿Y qué es el reino de los cielos? ¿Puede ser un reino material e histórico en este mundo, como si Dios fuera un soberano humano, como pensaban los judíos que sería la misión del Mesías esperado para librarlos del yugo del Imperio Romano y establecer otro político y poderoso? ¿Puede ser el reino de Dios en nuestras almas, un reinado espiritual, íntimo que nos libere de los enemigos del alma y la esclavitud del pecado? ¿Puede ser el reino de Dios en el Cielo, en un mundo invisible ahora donde van después de esta vida terrena los justos, los santos, a gozar de la visión de Dios, felices para siempre? ¿O puede ser también la Iglesia, establecida ya por el mismo Jesús cuando escogió a sus apóstoles y les dio la misión? de “id y predicar a todas las gentes este evangelio”.
Menos la primera acepción, las demás pueden asumirse; pero acojo otro enfoque para este comentario: A nosotros este evangelio nos dice mucho, porque lo que cuenta es lo que hagamos nosotros para que reine Dios en el mundo y pueda establecer su reino en los espíritus, en cada uno de nosotros y en los demás. Claro, la tarea nos parece ingente, y supongo que igual pensarían los apóstoles y discípulos cuando vieron que su Maestro y Guía subía a los cielos y se quedaban solos para predicar nada menos que a todo el mundo sus enseñanzas de amor en un mundo de egoísmos y divisiones.
Pero no estaban solos. El Espíritu de Dios anunciado por Jesús les ayudó y nosotros también podemos tenerlo si lo invocamos. Por tanto, podemos aprender de los apóstoles, que empezaron a predicar primero en su tierra, a sus vecinos, a sus familias, a los que tenían cerca, a los que podían. Nosotros también podemos hacer lo mismo. Luego, los discípulos, cuando les persiguieron más y tuvieron que huir fuera de Israel y dispersarse, predicaron a los demás. Es decir, algo que parecía malo (la persecución y la dispersión), les dio ocasión para extender su radio de acción y predicar, no ya a los propios judíos, “sino a todo el mundo”.
De esto sacamos dos lecciones: Interpretemos las cosas rectamente, no por las apariencias. Lo que nos puede parecer desfavorable resulta que no es tal porque Dios escribe derecho con renglones torcidos… Y pidamos ayuda a Dios en todo, e invoquemos la ayuda de su Espíritu siempre.
Por tanto, empecemos también nosotros a predicar con la palabra y el ejemplo a los demás sin miedo, sin atemorizarnos por los obstáculos o nuestra propia pereza, y recemos al Espíritu Santo, que nos inspire y allane los caminos. Empecemos por los que tenemos cerca y con algo que parece poco: una conversación, una sugerencia, un comentario, una oración, porque eso es el granito de mostaza del evangelio, el puñado de levadura, la diminuta semilla… Luego amasemos y roguemos, es decir, perseveremos, ampliemos nuestro espacio y hagamos costumbre el predicar y dar ejemplo haciendo algo por los demás… Es posible que ese poco de levadura que mezclamos con la masa se convierta en pan que alimente a muchos, y esa plantita se haga un gran árbol que acoja a multitudes. Pero lo que es seguro es que, actuando así, nosotros pobres pecadores, pero con la posibilidad de ser la levadura, el poquito de mostaza y el grano de trigo, nos convertiremos, con su gracia, en algo más grande y mejor, en sus nuevos mensajeros, en instrumentos suyos, en misioneros de su Reino santo y eterno.
Y eso es el premio gordo, porque, ¿hay mayor honor y mejor forma de llegar a Él?
