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Evangelio

¿Y qué es el reino de los cielos?

By Hermilo González31 de octubre de 2023No hay comentarios4 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy, Martes
Comentario al evangelio de hoy Martes
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En aquel tiempo, decía Jesús: «¿A qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas.»
Y añadió: «¿A qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta» (San Lucas 13, 18-21).

COMENTARIO

El reino de los cielos. ¿Y qué es el reino de los cielos? ¿Puede ser un reino material e histórico en este mundo, como si Dios fuera un soberano humano, como pensaban los judíos que sería la misión del Mesías esperado para librarlos del yugo del Imperio Romano y establecer otro político y poderoso? ¿Puede ser el reino de Dios en nuestras almas, un reinado espiritual, íntimo que nos libere de los enemigos del alma y la esclavitud del pecado?  ¿Puede ser el reino de Dios en el Cielo, en un mundo invisible ahora donde van después de esta vida terrena los justos, los santos, a gozar de la visión de Dios, felices para siempre? ¿O puede ser también la Iglesia, establecida ya por el mismo Jesús cuando escogió a sus apóstoles y les dio la misión? de “id y predicar a todas las gentes este evangelio”.

Menos la primera acepción, las demás pueden asumirse; pero acojo otro enfoque para este comentario: A nosotros este evangelio nos dice mucho, porque lo que cuenta es lo que hagamos nosotros para que reine Dios en el mundo y pueda establecer su reino en los espíritus, en cada uno de nosotros y en los demás. Claro, la tarea nos parece ingente, y supongo que igual pensarían los apóstoles y discípulos cuando vieron que su Maestro y Guía subía a los cielos y se quedaban solos para predicar nada menos que a todo el mundo sus enseñanzas de amor en un mundo de egoísmos y divisiones.

Pero no estaban solos. El Espíritu de Dios anunciado por Jesús les ayudó y nosotros también podemos tenerlo si lo invocamos. Por tanto, podemos aprender de los apóstoles, que empezaron a predicar primero en su tierra, a sus vecinos, a sus familias, a los que tenían cerca, a los que podían. Nosotros también podemos hacer lo mismo. Luego, los discípulos, cuando les persiguieron más y tuvieron que huir fuera de Israel y dispersarse, predicaron a los demás. Es decir, algo que parecía malo (la persecución y la dispersión), les dio ocasión para extender su radio de acción y predicar, no ya a los propios judíos, “sino a todo el mundo”.

De esto sacamos dos lecciones: Interpretemos las cosas rectamente, no por las apariencias. Lo que nos puede parecer desfavorable resulta que no es tal porque Dios escribe derecho con renglones torcidos… Y pidamos ayuda a Dios en todo, e invoquemos la ayuda de su Espíritu siempre.

Por tanto, empecemos también nosotros a predicar con la palabra y el ejemplo a los demás sin miedo, sin atemorizarnos por los obstáculos o nuestra propia pereza, y recemos al Espíritu Santo, que nos inspire y allane los caminos. Empecemos por los que tenemos cerca y con algo que parece poco: una conversación, una sugerencia, un comentario, una oración, porque eso es el granito de mostaza del evangelio, el puñado de levadura, la diminuta semilla… Luego amasemos y roguemos, es decir, perseveremos, ampliemos nuestro espacio y hagamos costumbre el predicar y dar ejemplo haciendo algo por los demás… Es posible que ese poco de levadura que mezclamos con la masa se convierta en pan que alimente a muchos, y esa plantita se haga un gran árbol que acoja a multitudes. Pero lo que es seguro es que, actuando así, nosotros pobres pecadores, pero con la posibilidad de ser la levadura, el poquito de mostaza y el grano de trigo, nos convertiremos, con su gracia, en algo más grande y mejor, en sus nuevos mensajeros, en instrumentos suyos, en misioneros de su Reino santo y eterno.

Y eso es el premio gordo, porque, ¿hay mayor honor y mejor forma de llegar a Él?

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