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Evangelio

«Vosotros, rezad así»

By José María Soler Areta22 de junio de 20231 comentario11 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Jueves
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis. Vosotros rezad así: «Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.» Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas» (San Mateo 6, 7-15).

COMENTARIO

No basta una vida para penetrar lo insondable de esta oración. Y me siento absolutamente abrumado e indigno de rezarla.

Empecemos por el principio: Padre nuestro. Son dos palabras. La primera, Padre, nos hace hijos. Ser hijo significa reconocer un origen, una dependencia, una cercanía. Dice Jesús: “Dios es tu padre, tu papá, tu abba”. Y mi primera reflexión es: ¿Yo me siento hijo? ¿Me siento hijo de Dios? ¿Actúo como hijo de Dios?

La segunda nuestro, me hace hermano, al decir nuestro y no mío. Es una oración comunitaria, social, colectiva, que implica a nosotros.

Desarrollémoslo: Amar a Dios es indisoluble de amar al prójimo. Lo explica Jesús en Mt 19, 19: «“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y más importante. Pero hay otro semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley se fundamenta en estos dos Mandamientos».

¿Quién es tu prójimo? Muchas veces decimos que tu prójimo es tu próximo. Cuando todo va bien, amo a una persona, me siento cerca de ella, le tengo simpatía: ¿es eso el amor de Dios? Dios nos amó, dice la Escritura, cuando éramos malvados y pecadores. Así pues, ¿tu prójimo es tu prójimo si te daña, si te molesta, si te menoscaba? ¿Es prójimo tuyo quien te abofetea, te hace de menos, te desprecia o te ignora? Aquí resuenan las palabras del sermón del Monte: Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.” (Mt 5, 43-48). [Y pon aquí el nombre de tu enemigo]

Como se ve, en estas dos palabras está compendiada toda la oración.

Que estás en el cielo. La relación con Dios trasciende el ámbito físico, para entrar en otro distinto, celeste, sobrenatural.  Dice la Escritura, Is 66,1-2: «Así dice Yahveh: Los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies. Pues ¿qué casa vais a edificarme, o qué lugar para mi reposo, si todo lo hizo mi mano, y es mío todo ello? – Oráculo de Yahveh -. Y ¿en quién voy a fijarme? En el humilde y contrito que tiembla a mi palabra». La tierra es el estrado, el escabel de sus pies, el lugar de su reposo. ¿Dónde reposa Dios? Responde Dios por boca de Isaías: En el humilde, en quienes tienen ese espíritu de hijo, y estos son los que habitan en la tierra, pero tienen su mirada puesta en el cielo ¿Tengo yo ese espíritu de hijo, del hijo que mira al cielo como quien anhela su patria, su destino?

Santificado sea tu nombre.

Dios es Santo. «Santo, Santo, Santo». Esta doxología aparece dos veces en la Biblia, en Isaías (Is 6, 3) y en el Apocalipsis (Ap 4, 8). Pero ¿Qué significa santo? El término hebreo es kadosh, en griego hagios, en latín sanctus.  Significa apartar, delimitar. Tiene que ver con la anterior afirmación, que estás en el cielo. Dios es diferente a lo que hay en el mundo.

Dios es el Otro, el que es, el que tiene la vida por sí mismo y es eterna, y cuya esencia es comunión de tres personas. Dios se abre a nosotros, permite que participemos de su santidad, de su comunión, que no es solo ausencia de pecado, es muchísimo más. Siendo nosotros hijos de Dios, penetramos en su santidad, hacemos Santo su nombre en nosotros porque participamos en nuestra vida terrenal de la comunión de Dios y con Dios, porque su santidad nos hace santos.

Venga a nosotros tu reino.

Porque todavía no ha llegado en plenitud a nosotros ese reino. Y en un reino hay un rey, que es el garante del reino, quien amplía su dominio, el que ensancha sus límites.

«Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?» Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?» Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí.» Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.» (Jn 18, 33-37)

Según su propio testimonio, Jesús dice de sí mismo que Él es rey. Pero, ¿Qué clase de reino es este? Un reino que no es de este mundo. Es un reino que no se impone, ni conquista terrenos con un ejército. Solo ocupa el terreno que le vayamos abriendo. Es paciente, no impone, va calando en las personas como una lluvia fina, imperceptible, hasta que te das de bruces con él, con el reino. ¿Cuándo se produce ese descubrimiento? No lo sabemos. Cada ser humano tiene una impronta dentro de sí del reino de Dios, de deseo de justicia y paz, de convencimiento de que amar es mejor que odiar y de que hacer el bien (hacer a alguien lo que quieres para ti) es mejor que hacer el mal (hacer a alguien lo que no quieres para ti). El Señor va horadando la conciencia del hombre, hasta que desnudo, solo, se encuentre ante su majestad, y pueda entrar, libre de toda concupiscencia, en ese reino deseado.

Hágase tu voluntad (en el cielo como en la tierra).

Y yo suelo añadir: “y no la mía”. Porque frecuentemente encuentro que mi voluntad, mi deseo, mi apetencia no se alinea bien con la voluntad de Dios, que se suele manifestar en mi conciencia y en la historia. Para ello es determinante abrir el oído, escuchar fuera de mí, descubrir que hay otros y que hay acontecimientos en los que tengo que discernir. Para ello, necesito ayuda, ayuda de los sacramentos, de la comunidad, de los hermanos, de los cercanos, de la oración y de estar abierto a lo que aparece, a lo que sobreviene.

Para hacer la voluntad de Dios se debe tener el mismo espíritu de Dios. Es el espíritu que llevó a Jesús al Calvario: Hágase tu voluntad y no la mía, que se haga lo que quieres tú, que muchas veces no coincide con lo que yo quiero.

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Buscad primero el reino de Dios y todo os será dado. Porque quien tiene a Dios, lo tiene todo, pero a quien Dios le falta, es un indigente, incapaz de darse vida a sí mismo, por mucho que se esconda detrás de la fama, el dinero, el poder o el prestigio.

Por eso pedimos “nuestro pan cotidiano”. Que no es otro alimento que la Palabra de Dios: «No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3; Mt 4, 4). Y enlazamos con el resto de las peticiones de esta oración, que nos hacen hijo, hermano, ciudadano del reino, concordes con nuestro Creador. Y estamos seguros, no nos dejará solos en el aprieto, ni en la indigencia… En este mismo sermón del Monte, explica el alcance de esta afirmación: «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?» (Mt 6, 25-27).

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Esta similitud del perdón de Dios hacia mí y del perdón mío hacia los demás es una petición que no está al alcance del hombre. No somos capaces de perdonar como Dios perdona, porque Él es intrínsecamente misericordia. Esto está fuera de los parámetros humanos. ¿Quién puede perdonar hasta morir por quien te desprecia, te daña o te atormenta? ¿Qué es esto sino santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad? Esta es la concreción más genuina del cumplimiento de esta oración.

No nos dejes caer en la tentación.

Dios nos creó a su imagen. Nos ha hecho perfectos, capaces de entrar en su comunión de amor. Pero nuestra naturaleza quedó dañada por el pecado. Todos tenemos, por nuestra condición humana caída, una inclinación que se llama concupiscencia, que está inscrita en nuestro ADN. Por eso somos tentados, porque somos seres contingentes, y porque tenemos conciencia. No somos perfectos, pero tenemos conciencia de lo bueno y lo malo. La tentación es una pugna entre lo que nos es apetecible y lo que construye el Reino de Dios. No es una decisión automática. Entran en juego algunas variables que están fuera de nuestro control. Hay un espíritu terreno, que trata de opacar al Espíritu Santo, que nos seduce con algo que deseamos por nuestra concupiscencia: poder, autonomía, prestigio, fama, satisfacción, gusto, deseo… Normalmente el dinero se da la mejor maña para hacer que nos creamos autónomos, poderosos. Por eso dice Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero». Y también nos dice san Pablo: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes.» (Ef 6, 12-13)

Ante las enormes fuerzas que asedian la fe, pedimos al Señor: No nos dejes caer en la tentación, porque nosotros solos no podemos.

Y líbranos del mal.

Terminamos el Padre Nuestro pidiendo a Dios que nos libre del mal. Pedimos a Dios Todopoderoso que nos libre de Satanás, del diablo, del seductor (Ap 12,9), del padre de la mentira (Jn 8, 44). También Jesús lo pidió para nosotros en la última cena: «No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Jn 17, 15)

Leemos en la primera epístola de san Pedro que «el demonio anda como león rugiente buscando a quien devorar» (1Pe 5,8).

Somos seres pobres, siervos inútiles, muy limitados para amar, para donarnos, para perdonar, para encontrar por nosotros mismos la vida.

Vivimos tantas veces, como decía Platón en el mito de la caverna, viendo sombras, atisbando solo de reojo la Luz que no tiene ocaso. Líbranos del malo, de quien nos confunde, nos engaña, nos engatusa o nos miente, diciéndonos que Dios no es Padre, que no es amor, o que es un producto de nuestra imaginación o el constructor de un estado infantil de la humanidad, y que llegaremos a comprender y controlar “todo” con nuestra razón y con nuestra voluntad, que el hombre es el dios de sí mismo.

Pero la gracia de Dios nos potencia para enfrentar la vida y la muerte, sabiendo que SÍ somos hijos de Dios y hermanos de los hombres.

AMÉN, AMÉN, AMÉN.

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1 comentario

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