Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.
Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».
Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?»
Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (San Juan 6, 22-29).
COMENTARIO
Ciertamente creer no es fácil. Aunque, a decir verdad, también es difícil no creer en Dios. El dilema, por tanto, es creer o no creer; he ahí la cuestión. Nada se puede dar por descontado respecto a Jesús. Vemos en Jn 7, 6 que ni sus hermanos (parientes) creían en él. Y son pocos los pasajes, aunque memorables, que relatan los reconocimientos personales de que Jesús es el Mesías; el Bautista, Marta, Pedro, el centurión del Gólgota, María Magdalena en el sepulcro, Tomás, etc.
Aparentemente, lo que Jesús pidió, y nos pide, es muy simple; creer que él es el enviado de Dios. Y con mayor precisión y dificultad; creer que, como asegura, él es el Hijo de Dios ¿Sólo eso?
Sí, sólo eso. Lo que ocurre es que la respuesta afirmativa es una gracia divina que condiciona o dirige toda nuestra existencia.
Jesús responde aquí a una pregunta fundamental, vista desde el lado humano, y enunciada de forma un tanto pretenciosa: «¿Que tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». Con insuperable clemencia Jesús reformula la pregunta, dando una respuesta donde el sujeto agente no son los saciados de pan que lo han buscado y, sabiendo sus costumbres, lo han encontrado en Cafarnaún. Al ilusorio propósito de hacer las obras de Dios, aunque se sobre entienda que aluden a las obras que agradan a Dios, Jesús corrige el protagonismo, que no es de ellos sino directamente de Dios. «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».
Lo normal es no creer. Lo normal o habitual es no creer incluso habiendo visto o experimentado milagros (Cfr. Jn 12, 37). Los milagros pueden ser desaprovechados en orden a la Fe. Claramente Jesús denuncia nuestro conformismo, nuestro «estómago agradecido» cuando Dios cumple nuestra voluntad. Tras haber saciado a cinco mil hombres («después de haber dado gracias», es decir, de haber hablado al Padre) parece muy explicable que los beneficiados por tal prodigio quisieran buscar a Jesús, que se había esfumado, caminando sobre las aguas sólo a ojos de sus discípulos. Pero las barcas, la conducta de los discípulos y su análisis de la situación les movió acertadamente a hallarlo en Cafarnaún. Lo que sucede es que la pregunta – aun respetuosa: «maestro» – es inadecuada o sólo indirecta: le preguntan a Jesús «cuándo» siendo que en realidad les interesa saber «cómo» ha llegado hasta allí.
Con mansedumbre, pero con verdad, Jesús les induce a depurar sus intenciones; está bien rastrear su camino, pero no por el pan que aplacó su hambre, comparable al maná del desierto, que permitía ser comido sin reconocer en ello la mano de Dios y mantenerse en la «dureza de corazón». Antes bien los invita a trabajar por otro pan; que no perece, que perdura para la vida eterna, y que él les dará. Para esto ha sido sellado por Dios; con su «sello» va su poder. Todo lo ha puesto en sus manos. Nos está presentando el pan que es él mismo. «Mi carne es verdadera comida» declarará en el coloquio que prosigue con los judíos (Jn 6, 55).
Justo antes de la «confesión de Pedro», muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él (Jn 6, 66).
Se confirma que no es fácil creer. «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?» (Jn 6, 60). El simple enunciado de que él es el alimento que lleva a la vida eterna es insufrible. Han entendido perfectamente el designio del Mesías, y no pueden sino desistir. La renuencia para seguir a Jesús proviene de no haber escuchado con claridad su palabra, muy directa y concreta: se trata del pan «que os dará el Hijo del Hombre». Todo el problema se condensa en que nos hemos quedado en el voluntarismo de nuestra pregunta: ¿Que tenemos que hacer? Siendo que la respuesta nos invita a descansar y dejar actuar a Él.
La increencia no consiste en no creer, sino en creer en las propias fuerzas, en la propias potencialidades hasta el punto de no dejar a Dios y a su Enviado la iniciativa y el poder de llevarnos a la vida eterna. El cristianismo no es un deísmo o una difusa admisión creacionista, no es algún tipo de concesión a la idea de divinidad ni es un prometéico esfuerzo por realizar las obras de Dios, sino la adhesión firme a la voluntad de Dios manifestada en su hijo, en creer que Jesús es definitivamente su enviado: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».

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