“Dijo Jesús a sus discípulos: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden! Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas” (San Mateo 7, 7-12).
COMENTARIO
Tres imperativos que tienen resultados en el camino del Reino. Pedid, suplicando con urgencia, buscad, deseando con mezcla de rastreo y petición, y llamad, golpeando insistentemente una puerta con la urgente necesidad de entrar. Golpear y esperar, pero seguir orando incluso ante la dificultad y la indiferencia aparente, es pedir con tesón y perseverancia.
Un buen padre no todo lo da, y no concederá lo que perjudique a su hijo. Porque, ¿compraría una moto de alta cilindrada a un niño de 10 años, por más que el crío se lo suplicara?
Pedir conforme a nuestro deseo quizás mundano, (que toque la lotería, un coche, un crucero…), ni es vital ni nos hace crecer y creer. En nuestra oración intentamos a veces obtener un cheque en blanco aceptado por Dios; incluso pedimos piedras en vez de pan. Él, que siempre contestará a una oración sincera, en protección de nosotros mismos no atenderá si algo nos perjudica.
Esperar, insistir, perseverar, y no rendirse en la búsqueda de Dios, Jesús asegura que tiene premio. Pero a veces pedimos y llamamos encontrando la puerta cerrada, y por más que empujamos no se mueve ni un palmo… ¿Y si la puerta abriera hacia afuera, en el otro sentido? ¿No será que empujamos para forzar a Dios a hacer nuestro capricho? ¿No estaría mejor dejarnos atraer por Él y rendirnos a su voluntad? Si tuviéramos constancia cuando llamamos a esa puerta para entrar en su casa, y hubiera una llave echada, Él la quitaría y nos abrazaría con enorme alegría en la misma entrada.
Pocas veces nos acompañan por mucho tiempo el fervor y el entusiasmo en el rezo. Nuestras mentes van a otro ritmo y eso no está a diario en nuestra agenda. Pero hasta los santos tuvieron distracciones y apatía para sostener la oración. A veces podrían bastar la oración bucal y solo unos gestos: arrodillarnos, juntar las manos, santiguarnos, inclinarnos… Eso también es orar. Pero mejor elegir un lugar escondido donde el Padre nos ve desnudos e indefensos, sin filtros ni maquillaje, sin máscara, y allí decirle: ¡Aquí me tienes y esto es lo que tengo, Señor! Y escuchar en su silencio lo que Él enseña diciendo todo sin hablar nada. No siempre están presentes la exaltación y el ardor en la oración profunda, y sí la tibieza, o la aridez, como en el amor humano pasa. “Enamorarse es fácil; aprender a amar es fatigoso; vivir en amor, lo más duro y lo mejor”.
La oración en fe, no se adquiere con solo trabajo. Es un don descubrir que Dios me ama a pesar de mí. Solo entonces me será fácil conversar con Él de corazón a corazón, escucharlo, descansar en Él y dejar que comience a manifestar qué quiere de mí. Eso sería reconocer que soy frágil, que nada puedo solo, que lo necesito para la vida, la salud y el perdón.
Que no tenga que decir como S. Agustín: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé!”
Hoy enseña Jesús cómo es el Padre y cómo debemos ser nosotros para entrar, alcanzando la semejanza plena. Se estaba metiendo el Maestro en la hondura del corazón humano, haciéndose allí fuente sin principio, donde bien sabía que toda petición, búsqueda y llamada sería satisfecha porque su precio lo pagaría Él con creces. Para ello pone este instrumento poderoso en nuestras manos, “…pedid y recibiréis. Un recurso humano universal, porque “todo el que pide, recibe… ”Su Sacerdocio eterno presenta al Padre nuestras peticiones, encauzando las búsquedas y respondiendo a las llamadas de hijos desvalidos. Así nos enseña a buscar, pedir y llamar como los niños, evitando el gran obstáculo y pecado de la “a-rrogancia” que ni pide, ni llama, ni busca, porque se cree autosuficiente, o peor aún, que Dios y los demás son escasos e incapaces de hacer algo bueno y darlo. No busca, ni llama, ni pide quien piensa que lo sabe y lo tiene todo. Este mismo comentario, si no lleva a pedir, buscar y llamar, es una arrogancia de querer entender las razones de Dios.
Jesús corrige los valores humanos desgastados por la ley, para llegar al gran ‘mandamiento’, síntesis de todo progreso: “..lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos… ”La forma de cambiar el mundo estaba en marcha, con “el regalo del amor mutuo” (Jn13). Grandes y ambiciosas metas tiene Jesús para nosotros: ser como el Padre bueno que nos ama. Para eso nos creó y para eso seguimos existiendo hasta que vuelva.
La gran enseñanza no es solo pedir, sino dar cuando te piden, abrir cuando te llaman, y salir al encuentro del que busca. El Padre da la vida, el sol, la lluvia, el aire… a todos, aunque no se lo pidan. Pero el Espíritu Santo del Amor, el que grita por nosotros con gemidos inefables, porque conoce nuestro ser y camino, hay que pedírselo. Con Él y creyendo en su Hijo, podremos pedir, buscar, llamar, porque eso mismo es ya la respuesta.

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