En aquel tiempo entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: Escrito está: “Mi casa es casa de oración”; pero vosotros la habéis convertido en una “cueva de bandidos”. Todos los días enseñaba en el templo.
Los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios (San Lucas 19, 45-48).
COMENTARIO
El templo de Jerusalén contaba con tres patios, uno para los sacerdotes, y los dos restantes, para los hombres y las mujeres separados. En medio de estos espacios, se encontraba el Patio de los Gentiles. Es casi seguro que este patio era el lugar destinado en las grandes fiestas, para la compraventa de animales para el sacrificio y para que los peregrinos judíos que venían de lejos pudieran pagar el impuesto, medio siclo, cambiando las monedas que trajeran de los distintos lugares. Cada país, y muchas veces cada ciudad, tenía su sistema monetario propio. Las personas traían considerables sumas de dinero para sus gastos y para pagar el impuesto del templo y sus ofrendas.
Se deduce de la escena que estas personas estaban autorizadas pero hacían negocios abusivos enriqueciéndose a costa de lo sagrado, si bien, también es cierto, que hacían un servicio necesario. De todos modos, muchos de nosotros no entendemos la necesidad de esa violencia aparentemente indiscriminada y más cuando se trataba de algo necesario y que por ser tiempo pascual, no se disponía de otro espacio por la gran afluencia de gente.
Tampoco el rey David entendió nada cuando decide hacer un templo para el Señor y éste se lo prohíbe por medio del profeta Natán (1Cro 17, 1-4) anunciando que será su descendencia la que le construya una casa (1Cro 17, 11-12); David interpreta que se refiere a su hijo y encarga a Salomón la construcción. Pero el Señor no se refería a Salomón: en su descendencia estaba anunciando a Jesucristo. Dice el oráculo de Is 66, 1-2: “¿…Qué casa me vais a edificar o qué lugar de reposo, si el Universo lo hizo mi mano…?”
Ni el rey David, ni los sumos sacerdotes, los letrados, los senadores, ni los listos, los rigurosos, ni muchos de nosotros entendemos nada y queremos quitarlo de en medio, como dice la lectura.
Esa casa o ese templo material es en primer lugar el mismo Jesucristo y representa, en verdad, a la Iglesia y al alma humana, y es lo que nos recuerda las palabras de San Pablo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es sagrado, y vosotros sois ese templo”. (1Cor 3,16-17)
Santa Teresa de Ávila escribió: “Toda nuestra habilidad consiste en vaciar el corazón de deseos, de propiedades, de asimientos, de cosas que impiden el habitar Dios en nuestro corazón … ¡Ah, sí!, entonces entra Él y comienza a hablar”.
Ciertamente muchos de nosotros a lo largo de los siglos y de nuestra propia vida hemos hecho de la Iglesia un negocio o hemos utilizado el evangelio o los sacramentos en beneficio propio.
La limpieza que hace JC del templo de Jerusalén es un signo, pero no hará ya esto en tu corazón. No entrará con violencia, somos cada uno de nosotros los que nos tendremos que violentar para vaciar de nuestros corazones tantos vicios, idolatrías, dependencias, pecados, pero el Señor solo entrará con tu permiso, en tu libertad, sin violencia; Él mismo nos lo anuncia cuando dice: “…yo estoy a la puerta y llamo si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos…” (Ap 3, 20).
