En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos.
Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.
Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes.
Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.
Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (San Lucas 21, 15-19).
COMENTARIO
Jerusalén anda agitado. Jesús de Nazareth ha subido para la fiesta de los Tabernáculos y es frecuente encontrarlo en el Templo. Las gentes acuden a escuchar con atención palabras nunca oídas… pero no todos. Hay quienes van llevados por el recelo. Las palabras del rabí galileo hacen que las seguridades humanas del poder, de la riqueza, de la cultura y las tradiciones se tambaleen. Si ellas caen, ellos caen. Algunos, señalando diversas partes del imponente Templo de Jerusalén, le quieren hacer ver a Jesús “lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos”. Un signo de poder, de estabilidad, de seguridad. Pero Jesús levanta la mira hacia lo que no se ve, y hacia lo que está por venir. Suenan fuertes, con un tono firme, de repente, sus palabras. Quiere hacer ver algo importante. Sus discípulos conocen ese tono. El Maestro nunca habla en balde, y sus obras confirman siempre sus palabras. Se hace un silencio profundo. “no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida… mirad que nadie os engañe… os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles…” Todo caerá, desde el templo hasta la más pequeña de las seguridades civiles, incluso familiares. ¿Dónde entonces ir? ¿Dónde quedan las claridades que el Maestro ha ido abriendo en los corazones durante estos años, las esperanzas que traen posibilidades nunca soñadas? Por unos instantes, como en una gran prueba, todo parece oscurecerse. En ese instante Pedro recuerda aquel diálogo con Jesús que cambió su vida, aquella pregunta… “¿También vosotros queréis marcharos?” Y su propia respuesta… “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. El Maestro conoce los corazones y la zozobra que los atraviesa en aquel momento, entregados a la inquietud, como en aquella tempestad nocturna en el lago, y no se hace esperar: “yo os daré palabras y sabiduría… con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Jesús, la única seguridad.
