En aquel tiempo, decía Jesús: «A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo: «¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó» (San Lucas 13, 18-21).
COMENTARIO
Es humano pensar en nuestro acercamiento al Evangelio que seguir a Cristo supone un esfuerzo inmenso por la imposibilidad que el hombre tiene, dentro de su pequeñez, de asumir sus enseñanzas como línea de vida.
Frases como “bendecir a los que nos persiguen”, “renunciar a los bienes” “perdonar setenta veces siete” “ser como niños” …se nos presentan como un imposible cuando contemplamos estos principios desde la perspectiva humana.
El Evangelio no es una utopía, ni un ideal. El Evangelio es la Palabra del Padre que como dice San Pablo (hebreos 4:12) “es viva y eficaz”, es decir que actúa dentro de nosotros más allá de nuestra propia voluntad. Por eso, ponerse delante del Evangelio, dejarse modelar por él es ponerse en manos de Jesús que, como alfarero, modela nuestro corazón para convertirlo en algo “nuevo” y nos sorprendemos incluso a al contemplar el lugar increíble al que podemos llegar en nuestro camino de fe.
Pero, para que esta transformación, para que esta “metanoia” (como dicen los teólogos) ocurra, tienen que darse dos circunstancias imprescindibles: la confianza en Dios y la perseverancia.
Comencemos por la confianza en Dios. Creer profundamente en el poder transformador de la Palabra de Dios en nuestras vidas nos sitúa en una posición de humildad, de conciencia de nuestra pequeñez, de disposición a poner nuestras vidas en manos de Dios porque queremos alcanzar su promesa. La confianza se adquiere confiando y dejando a Dios que nos muestre su acción en nosotros.
Es un proceso que al comienzo nos inunda de inseguridad pero que se convierte en robusto cuando observamos paulatinamente cómo Dios responde, de una manera clara y evidente, de manera que, a partir de ahí, aprendemos a confiar y a sentir esa huella del Señor en nosotros.
En cuanto a la perseverancia, no hace falta hacer alusión a la necesidad de permanecer, de insistir, de no dejarse llevar por el desánimo en la búsqueda de Dios en su Palabra. A medida que nos adentramos en la lectura del Evangelio, a diario, sin claudicar, observaremos como Dios nos llena de esperanza y de luz, observando cómo su esperanza comienza a llenar nuestras vidas.
Como dice la lectura del Evangelio que hoy la Iglesia nos ofrece, al comienzo podemos estar ante una semilla pequeña, casi imperceptible, pero si perseveramos, Dios nos mostrará todo lo que desea hacer con nosotros y todo lo bueno en nuestra vida fermentará e inundará nuestra existencia para mostrarnos que hay otra forma de vivir la vida, llenos de la intensidad y la belleza de Dios.

5 comentarios
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