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Evangelio

La mirada de Jesús

By Alfredo Esteban Corral17 de enero de 20213 comentarios5 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Jueves
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En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: – “Este es el Cordero de Dios.” Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: – “¿Qué buscáis?”

Ellos le contestaron: – “Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?” Él les dijo: “Venid y lo veréis.”

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés hermano de Simón Pedro, era uno de los que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: “Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).”

Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: “Tu eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Céfas (que se traduce Pedro)” (San Juan 1, 35-42).

COMENTARIO

En este coloquio histórico, en el que San Juan no pierde detalle, hasta el extremo de anotar la hora exacta en que tan trascendental encuentro tuvo lugar, las palabras cruzadas, aparentemente desconexas, tienen una relevancia extrema, razón por la que el evangelista las traduce; rabí es maestro, Mesías significa Cristo, Céfas se traduce por Pedro. Sin embargo, quiero acercarme a lo inefable de Jesús; su mirada.  Antes de hablarle al que le confiaría el primado de su iglesia (Mt 16 16-18), el Señor “se le quedó mirando”. Previamente el Bautista se había “fijado” en el Cordero de Dios, un hombre llamado a un destino inconmensurable.

Todos los sentidos tienen una importancia comunicativa y relacional que no es necesario encomiar. Baste recordar su carencia; el ciego no ve, el sordo no oye, el insensible no tiene tacto, para saborear es menester no tener atrofiado el gusto, para percibir un suave aroma es necesario poder oler, etc. Y Jesús cura sin repugnancia tocando a los leprosos, se acerca a los ciegos, exorciza personalmente, impone las manos, se hace impuro tocando muertos, etc.

Ciertamente cada sentido corporal, además de su significado cualitativo y función específica, tiene un valor teológico, comenzando por su apertura o cerrazón, que puede ser fisiológica, pero también espiritual, moral o de comprensión existencial; en el plano salvífico.

El tacto no se aletarga nunca (“¿Quién me ha tocado el manto?” Mc 5 30), el oído humano, como en tantos animales está siempre alerta y carece de cierre físico; el ruido informa del peligro en el acto. Otro tanto ocurre con el olfato, que por permanecer siempre receptivo puede oler un incendio, una fiera, etc.

Sin embargo, la vista puede estar operativa o no. Los ojos están protegidos por los párpados.

Así el sueño o la modorra privan de la visión, la embriaguez y los pecados obnubilan la vista, la simple distracción hace que no veamos, la ceguera física o espiritual nos priva de la percepción de la realidad. Desde luego la visión no es ambiental como el ruido o los olores, sino que necesita la línea recta. Zaqueo no podía ver al Señor porque era de pequeña estatura (Lc 19 5). De modo que la visión requiere el enfoque directo y la ausencia de obstáculos. De ahí que el encuentro personal, inmediato, es la única forma posible de mirar y, si hay reciprocidad, cruzar la mirada.

Puede decirse, por tanto, que la mirada es lo más personal de un encuentro humano. De una parte presupone proximidad, y por otra comprende una capacidad comunicativa superior a las palabras, por importantes que estas puedan ser o llegar a ser. Fijar la mirada lo dice todo. Por eso el salmista se pregunta: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? La mera visión de Dios aterroriza: “Voy a morir porque he visto al Señor”.

Pero ahora lo que importa es la mirada de Jesús. En la vocación de Natanael le dirá: “Te vi debajo de la higuera” (Jn 1 47). Con Pedro hace mucho más; se le queda mirando. Esa acción continua, no es un fugaz vistazo, es un proceso de penetración, de escrutinio profundo, de alcanzar lo más íntimo del corazón, que indefectiblemente se asoma a los ojos abiertos, y traslucen el alma, ante quien conoce porque ama. Al joven rico también lo amó con su sola mirada (que hermosea todo lo que mira, como cantó San Juan de la Cruz). Una traducción dice literalmente “se prendó de él”. Con Pedro se quedó mirándolo porque se detuvo amándolo hasta el extremo de cambiarle su nombre, su misión en la vida. Sin esperar respuesta verbal, tras quedarse mirándolo, el Señor le confió su singular destino. Ciertamente, una mirada dice más que muchas palabras, trasmite todo lo que el mirado necesita saber. A Pedro, el maestro Jesús le anticipó personalmente el “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis” (Lc 10 23).  A él, ante su pública confesión, le hará explícita la felicidad: “¡Bienaventurado tú, Simón hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16 17). Pero en el fondo del pozo de su alma también vio la traición (Lc 22 61), las negaciones y el llanto ante su mirada camino del Gólgota (Mt 26 75). Asumiendo todo su futuro, incluyendo la rendida declaración de su amor sabido y comprobado tras la resurrección, le puso un nombre nuevo.  ¡Dichoso el hombre al que el Señor mira!

 

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