En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿Cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas» (San Mateo 22, 34-40).
COMENTARIO
A veces me he preguntado en la línea del amor que es más importante: dar o aceptar. A simple vista parece que es dar, pero si profundizamos en los que somos y a lo que hemos sido llamados, reconoceremos cuanto hemos recibido. Este hecho se entiende también desde un razonamiento de orden natural, pero vamos a exponerlo desde la perspectiva sobrenatural.
Hemos recibido, la vida, hemos recibido la fe, hemos recibido una vocación personal (que se va manifestando en nuestra familia, nuestro trabajo, nuestras relaciones sociales, etc…) En cada caso nuestra respuesta a esos tres dones son aceptaciones, a veces costosa, otras felices, a veces sencillas, otras no tanto; siempre son aceptaciones.
Una vida de aceptación que tiene como final el cielo, la intimidad con Dios –que es amor- y la plenitud de su gloria. Me viene a la memoria una afirmación del gran sabio y santo Benedicto XVI que es la siguiente. Cuando era Cardenal le preguntaron cuantos caminos existía para llegar a Dios, y con toda naturalidad, y sin necesidad de pensarlo, contestó que hay tantos caminos para llegar a Dios como hombres. Que maravillosa aceptación de la verdad, cada uno haciendo su camino, cada uno llamado personalmente a Dios.
Captamos que lo propio del amor humano es aceptar; un aceptar gozoso, que no significa sin cruz, pero que es gozoso porque supone un camino único, el mío, en el que Dios me ha metido, me acompaña y me espera.
Por eso amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser es el mandamiento principal y primero. Que no sólo lo sepamos, que lo ejercitemos ¿cómo? Principalmente con nuestras prácticas de piedad, que además sirven de combustible para el recto amor a uno mismo, y para amar a los demás.

3 comentarios
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