En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”.
Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí.
Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio» (San Lucas 11, 15-26).
COMENTARIO
Hoy hace exactamente 59 años que D. Nicolás, en la madrileña y castiza parroquia de San Andrés me hizo mi primer exorcismo. Sí, en el bautismo se practica un “exorcismo”. Cuando en las reuniones de padres que presentan a sus hijos para ser bautizados se les habla de esto, lo primero es que te miran con cara de susto. Luego cuando se les expone que este rito nada tiene que ver con las escenas de la “niña del Exorcista” y se les explica el significado del signo que se utiliza, el aceite, lo suelen entender bastante bien. Yo suelo poner el ejemplo de los luchadores que se ungen el cuerpo antes de saltar a la arena para ser escurridizos ante su rival y también cómo las mamás masajean con bálsamo el culito irritado del niño para que no les escueza.
Y, desde luego, si hay algo de lo que tengo experiencia en los 59 años de mi vida es la profunda verdad que encierra este rito bautismal: 21.535 días de continuos ataques del Malo fiel a su cita diaria, correspondidos con una cifra mucho mayor de continuas caricias del Señor, dando veracidad a lo que reza el sacerdote en este rito: “que has enviado tu Hijo al mundo para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal”.
Y el del rabo, siempre con la misma táctica. Si hay algo en que me pueda parecer a la niña de la película del Exorcista es la de vueltas de cabeza que me hace dar: ¡Cómo se asoma y como se esconde! Esto ya lo hizo desde el primer ataque a la humanidad: Mentira (“¿Cómo es que Dios te ha prohibido comer de todos los árboles del jardín?”) y camuflaje (“El fruto era agradable a la vista y apetitoso al paladar”)
Y como el hombre es el único animal capaz de caer dos veces (y muchas más) en la misma piedra, pues ¿para qué cambiar de estrategia? Cuando uno es obtuso en sus razonamientos se vuelve tan irracionalmente fanático que ya puedes ver signos, milagros… que el Maligno le da la vuelta al argumento hasta llegar a demonizar al oponente, aunque te esté sacando del fango: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
La propia palabra “Belzebú” en su etimología aramea es muy significativa; significa “Baal del estercolero”. Afirmar: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios», sería algo así como sugerir: “¿No te das cuenta que tu vida, la que Dios permite, lo que el dedo de Dios hace en ti es una m…?”.
También podíamos traer a colación la etimología de la palabra de raíz griega “diablo” (dia–ballein: el que arroja calumnias, el que tira mentiras, el que arroja una persona contra otra, el que divide), para conocer el “modus operandi” de semejante “virus”: Lo primero, la táctica del calamar: arrojar la tinta y camuflarse en su propia mugre. La mayor trampa del demonio es camuflar su existencia. Hacer creer que no existe o disfrazarse de aliados. No hay nada peor en cualquier lid que no ver al adversario o menospreciar su fuerza. Quien niega el poder de Satanás le está entregando las armas.
Y, por otra parte, “divide y vencerás”: “Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado”. Y, como en toda guerra civil, no hay que buscar las causas fuera. La mejor forma de vencer un mal es acertar en la diagnosis. S. Agustín decía: “Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo”, al igual que Pablo, que no comprendía su proceder, pues conociendo y deseando el bien experimentaba esta división interior: “puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.” (Rom. 7, 19-20)
Ante un combate perdido: ¿tirar la toalla? ¡No! Puedo y debo reconocer que el adversario es más astuto y más fuerte que yo; pero si otro “más fuerte” lo asalta y lo vence, le quita las armas…
Juan el Bautista, acostumbrado a vivir entre alimañas en el desierto, el lugar de los demonios, anuncia la presencia del que es “más fuerte” (Lc. 3,16) y por eso él tiene que menguar para que “el fuerte” crezca. La llamada a la conversión es, en definitiva, no tratar de usurpar el lugar de Dios en la propia existencia.
En el primer embate a la humanidad, el tentador trata de embaucar con la promesa: “no moriréis sino que seréis dioses” (Gn. 3,5). Por el contrario, en el primer exorcismo el sacerdote proclama otra promesa: “para que lavados del pecado original, sean templo tuyo, y el Espíritu Santo habite en ellos.”: Templo recién lavado, ante el que no hay que bajar la guardia. Al igual que en nuestros santuarios de piedra, cuánto más fervor y piedad se respira en ellos, más atractivos son para “los espíritus inmundos”, llámese mercaderes. La llamada a la vigilancia es evidente. No podemos estar seguros ni confiados en la lucha contra el mal. Quizás duela, pero si soy templo del Espíritu Santo, a veces la limpieza de este templo habrá que ponerla en manos “del más fuerte”, aunque sea con el látigo.

1 comentario
Your point of view caught my eye and was very interesting. Thanks. I have a question for you. https://accounts.binance.com/register-person?ref=IHJUI7TF