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Ciencia y Fe

Embriones congelados: víctimas abandonadas de una sociedad que solo valora satisfacer los deseos

By Valentin De Prado2 de febrero de 20194 comentarios8 Mins de lectura
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Cientos de miles de embriones congelados son abandonados cuando sus padres dejan de pagar el almacenamiento.

Restos de embarazos, fracasos y sueños rotos de ser padres. Sólo en los Estados Unidos se calcula que son por lo menos 1.400.000 los hijos no nacidos congelados. He aquí la razón por la que no queremos abrir la tapa de esos depósitos de nitrógeno líquido. Caterina Giojellireflexiona al respecto en Tempi:

Caterina Giojelli es periodista en Tempi.

El limbo de los embriones congelados es el infierno de la sociedad de los deseos

Hay un limbo poblado por los más perjudicados de la sociedad «procreática». Benoît Bayle, filósofo y psiquiatra en el hospital de Chartres, ya había escrito sobre ello en su A la poursuite de l’enfant parfait. L’avenir de la procréation humaine [En busca del hijo perfecto. El futuro de la procreación humana]: si por un lado la utopía del absoluto dominio sobre la filiación ha abierto la era de la «superproducción, la selección y el superconsumo» del embrión humano, por otro ha tenido que acallar cualquier debate público sobre la «destrucción embrionaria en masa» que comporta dicho dominio. No se tiene que hablar de ello, porque el embrión humano tiene que seguir siendo «el más perjudicado de la sociedad procreadora, la víctima sacrificial y expiatoria, como si él fuese el culpable de los sufrimientos o los reveses de la pareja«.

«No puedo destruirlos, se convierten en personas»

Pues bien, ahora Estados Unidos está haciendo las cuentas con la utopía traicionada: esas decenas de miles de embriones atrapados en los congeladores de las clínicas de fertilidad, restos de embarazos y sueños rotos de paternidad. Demasiados para poder posponer ulteriormente una decisión sobre su destino.  Algunos han sido abandonados por quienes han dejado de pagar su almacenamiento, el destino de otros depende en cambio de las decisiones, retrasadas hasta el infinito, de padres que no saben si dar la orden de descongelarlos para que sean destruidos, donarlos a la investigación o entregarlos a parejas que no consiguen tener hijos.

Todos recordamos las imágenes de George W. Bush con «niños que vienen del frío», nacidos de la inseminación artificial y que habían sido embriones en los contenedores congelados de la crioconservación, junto a las madres que los habían acogido en su vientre. Sin embargo, la mayoría de los padres de esos hijos en estado embrionario no sabe qué hacer.

En septiembre de 2006, George Bush vetó la ley que permitía la financiación pública de investigación con células madre embrionarias y se reunió con familias que habían adoptado hijos procedentes de embriones descongelados. Foto: Reuters.

Jenny Sammis cuenta a Ap que no quiere donar a sus hijos a la investigación: eran sólo una «realidad abstracta» cuando, hace 15 años, decidió con su marido congelar una docena de embriones, pero después, de esas «semillas que podrían convertirse en personas» nacieron sus dos hijos. Por esto, hoy, no puede en absoluto considerar la posibilidad de destruirlos.

Hay quien, en lugar de tomar la decisión, desaparece; las clínicas no consiguen contactar con la persona que ha dejado de pagar el depósito sin dejar  disposiciones, «y todos tienen miedo de tomar iniciativas por temor a ser citados en un juicio si aparecieran los padres reclamando los embriones», explica Rich Vaughn, abogado de Los Ángeles y a cargo, durante años, del comité de reproducción asistida de la American Bar Association: «Se trata de un verdadero dilema».

Abandonados en los congeladores

Nadie sabe con exactitud cuántos embriones almacenados hay en Estados Unidos, los centros de fertilidad no están obligados a proporcionar el número. Sabemos, después de los incidentes en el Fertility Center de Cleveland y en la Pacific Fertility Clinic de San Francisco [un problema técnico alteró la temperatura de los embriones, destruyendo 4000 y 400, respectivamente], que una parte de los miles de embriones destruidos había sido depositada a partir de los años ochenta, cuando empezaron las primeras fecundaciones in vitro.

Pero sabemos también que con el desarrollo de las técnicas de procreación asistida médicamente el número ha aumentado. Cada vez más parejas congelan embriones en grandes cantidades, para luego seleccionarlos y transferir al útero sólo el más o los más vitales, uno a la vez, para evitar embarazos gemelares. Esto significa que el número de embriones «sobrantes» con respecto a los destinados al embarazo es altísimo. Un estudio citado por Ap estima que son 1,4 millones de niños, el 5-7% abandonados a todos los efectos, con cifras que llegan al 18% en algunas clínicas.

Para muchos padres firmar los documentos para la donación o la destrucción equivale a poner en negro sobre blanco que «ya no quieres tener un niño», explica Howard Raber quien, junto con su mujer Sara, ha decidido donar sus embriones a la investigación. «Al principio el objetivo era sólo quedarse embarazada, así que tienes que disponer de muchos embriones porque no sabes el número de intentos que serán necesarios. Pero después…», intenta explicar Sara que, durante meses, ha dejado los documentos en el escritorio sin conseguir firmarlos. Un estudio llevado a cabo con 131 parejas en Canadá ha revelado que un tercio de los padres deja de aparecer por las clínicas, generalmente a los cinco años. Otro estudio ha demostrado que hasta el 70% de las parejas pospone cinco años cualquier decisión y que la mayor parte cambia de idea radicalmente sobre cómo y si utilizar embriones «extra» después de haber hecho la fecundación in vitro.

Pero ¿de quién son los embriones?

En la clínica de Fort Myers, en Florida, el doctor Craig Sweet considera que el 18% de los embriones que ellos han congelado ya ha sido abandonado, algunos desde hace 25 años: «Divorcios, depresión, terremotos financieros, muchas cosas llevan a las mismas parejas a pelear por el destino de sus embriones».

El caso más célebre en América es el que vio batallar en los tribunales a Nick Loeb -quien acaba de escribir y dirigir la película provida Roe v. Wade– y su novia Sofia Vergara: anulada la boda, Vergara no quería saber nada de los dos embriones femeninos crioconservados en 2013, en la época de su noviazgo con Loeb, mientras que el padre creía con firmeza que los embriones tenían que continuar su «vida encaminándose hacia el nacimiento». Y no se trata de un caso aislado: el pasado mes de abril, el gobernador de Arizona firmó una ley que permite que un miembro de una pareja divorciada pueda utilizar los embriones depositados durante el matrimonio, aunque el ex cónyuge no esté de acuerdo.

Y las clínicas se encuentran en medio de estas batallas legales. Algunos, como el doctor Sweet, intenta convencer a los padres para que no descarten embriones perfectamente «sanos y utilizables»: para esto se ha dado vida al Embryo Donation International para poder transferirlos con fecundación asistida a parejas que no consiguen tener hijos y afirma haber «utilizado» entre 50 y 60 en 2017. Nadie sabe cuánto tiempo vive un embrión congelado; Sweet ha implantado uno «viejo» de 17 años a una mujer de Chicago, y el National Embryo Donation Center de Tennessee ha anunciado que una implantación de un niño «congelado» desde hacía 24 años ha resultado en un embarazo positivo.

Material de intercambio, cobayas, joyas

Pero, ¿qué es un embrión? En noviembre leímos los artículos de elogios de la madre-récord de 62 años que, en el Hospital San Giovanni de Roma, dio luz a una niña comprando un embrión en Tirana, donde es posible eludir el límite impuesto por las regiones italianas para el acceso a la procreación médicamente asistida, regulada por la ley 40.

En los mismos días, una actriz italiana de 37 años con problemas de infertilidad, que vive en los Estados Unidos, en Nueva York, colgaba en Facebook: «Hola, desde hace tres años estamos intentando dar a nuestro hijo un hermanito… queremos completar nuestra familia con un chico. Tenemos un embrión niña de óptima calidad: óvulo de donante italiana y esperma anglo-irlandés, de un hombre graduado en Yale. ¿A alguien le interesa un intercambio?».

Hemos sabido que en China han nacido los primeros dos niños «modificados genéticamente» y que el genetista He Jiankui, para llegar a este resultado, ha tenido que utilizar como cobayas a once embriones, que han sido destruidos.

Hijos a toda costa para ancianos, material de intercambio, cobayas. Incluso piezas de joyería: el nuevo y macabro negocio, como el de la empresa australiana Baby Bye Hummingbirds, es transformar a los embriones inutilizados en colgantes, anillos y baratijas que el progenitor puede  «llevar siempre consigo».

Esos huérfanos y nosotros

Hasta aquí nos ha llevado la utopía del dominio absoluto de la filiación, la era de la «superproducción, la selección y el superconsumo» de material vivo: alienar una parte de nuestra humanidad. Y tal vez es de esto de lo que no queremos hablar cuando, presos de una especie de alienación colectiva, incapaces de relaciones que duren para siempre y de hacer frente al «síndrome del superviviente» que las técnicas de procreación artificial dejan en los niños (leer a Benoît Bayle, L’embryon sur le divan), no nos preguntamos qué es un embrión. No queremos hablar de estos depósitos, los depósitos de almacenamiento con nitrógeno líquido en los que ocultamos a todos los perdedores, huérfanos de la sociedad procreática, por no hablar de lo que hemos perdido siguiendo la utopía del absoluto dominio de la filiación.

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