“Después entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”».
Todos los días enseñaba en el templo.
Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo. (San Lucas 19, 45-48).
COMENTARIO
Pocas veces aparece Jesús con tanto carácter, como sucede en el texto evangélico que se proclama en la liturgia de la Palabra de la Eucaristía. En general imaginamos al Nazareno como hombre pacífico, comprensivo, sereno, dueño de sí, reconciliador, amable, comprensivo, misericordioso. Y sin embargo, san Lucas lo describe con carácter, recio, valiente, capaz de enfrentarse con circunstancias especuladoras.
No es la única vez que los evangelios muestran a Jesús expresando sentimientos fuertes. “Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, diciendo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”» (Mt 15, 7-9).
Pero es san Marcos quien nos relata un sentimiento dolorido de Jesús, cuando se altera al ver la dureza de los escribas y fariseos: «¿Qué está permitido en sábado, hacer lo bueno o lo malo, salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?» Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida. En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él (Mc 3, 3-6).
Sin duda que quien intente dominar la persona de Jesús y comprenderla desde nuestras categorías psicológicas y sociales, se encontrará con alguien a quien no se le puede encuadrar. La Palabra no admite ser domesticada. Siempre nos debe producir el impacto y el revulsivo que suscita conversión, de lo contrario caeremos en la autodefensa o autojustificación para librarnos de la exigencia del Evangelio.
Jesús defiende el honor de su Padre; quizá si fuera un asunto suyo habría reaccionado de otra manera, pero no soporta la utilización de lo divino para provecho egoísta y especulador de los sentimientos más íntimos de los creyentes.
“Mi casa es casa de oración”. Esta reivindicación por parte de Jesús nos debe producir, al menos, un discernimiento sobre nuestra religiosidad.

4 comentarios
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