Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y andaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo. Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado por que Jesús había curado en sábado, dijo a la gente: “Hay seis días para trabajar; venid pues a que os curen en esos días, y no en sábado”. Pero el Señor le respondió: “Hipócritas; cualquiera de vosotros, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre y lo lleva a abrevar? Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?”. A estas palabras, quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba de los milagros que hacía” (San Lucas 3, 10-17).
COMENTARIO
En la curación espiritual, casi por definición, la iniciativa es del Señor. Y es que la afección del espíritu comporta muchos males paralizantes; quien lo padece no alcanza a imaginar su solución, no es capaz de formular la petición de ayuda, no tiene esperanza de salir de su situación irremisiblemente anómala, siente como inútil todo esfuerzo de sanación, etc. Todo esto está reflejado en la postura de la mujer a quien Jesús libera, que vivía replegada sobre sí misma, y pese a haber intentado todo, no se podía enderezar “de ningún modo”. Estaba en la desesperación: lo mío no tiene arreglo, son ya demasiados años así…
Pero el Señor la ve, conoce su historia personal. Y la secuencia es la común a muchos milagros; se apiada de ella, le habla, le impone las manos, la cura y ella glorifica a Dios. El Señor ve y conoce; sabe que lleva así dieciocho años y que es Satanás – no ninguna patología de columna – la que la tiene “atada”. No sabemos si aquella mujer que “estaba” en la sinagoga (había un sitio especial para las mujeres) esperaba a Jesús, o genéricamente aguardaba la liberación de Israel, pero lo definitivo es que Jesús, que enseñaba el sábado, no se conformó con la “doctrina”, sino que pasó a la acción. Precisamente actúa en aplicación de la recta doctrina; se trata de una hija de Abraham, y no de un buey o un asno, a quienes lleváis a abrevar sin escrúpulos. Una persona es infinitamente superior a uno de vuestros apreciados animales; y son las personas concretas, como esta mujer replegada sobre sí misma tantos años, las que tienen que ser liberadas de su atadura, de Satanás.
El celoso preservador de la Ley no prohíbe las curaciones, lo que pretende salvaguardar es el sábado. El sábado está para enseñar (es justo lo que estaba haciendo el Señor) y es tan sagrado que no se excepciona ni para curar. Pero ahí es donde Jesús salta y suelta la invectiva: “Hipócritas”. Y es que el engaño es muy sutil; cierto que atañía al Shabath. Sí pero el sábado, hacer presente la acción de Dios sobre su pueblo, hacia los hijos de Abraham, está en función de las personas concretas, no de la estructura jerárquica, encarnada por el jefe de la sinagoga.
La mujer es imagen de la sociedad, de la Iglesia, de la comunidad, de la familia y de cada persona en cuento está pendiente de sí misma; aquejada del mal de la “autoreferencia” que denuncia sin tregua el Papa Francisco. El hombre, por el pecado, no se puede enderezar a sí mismo. Pocos hablan ya del pecado, evitando así el diagnóstico certero, y prefieren la terminología que brindan las ciencias. No habría pecado, si acaso podríamos hablar de adicciones, desórdenes, trastornos, malestar, disforia, traumas, predisposición genética, brotes, debilidades, episodios, patologías latentes, déficit de aprendizaje, heridas afectivas, desarraigo social, agresividad, presión ambiental, bloqueos etc… Pero lo cierto es que nosotros, como aquella emblemática mujer, no nos podemos enderezar “de ningún modo”. Sólo el Señor Salva. Ese es el mensaje. Ni siquiera el sábado, la religiosidad. Solo Jesús, que es Dios, puede enderezar, combatir el mal profundo; vencer a Satanás, que es quien la tiene así, a la vista de todos.
No es de extrañar que la gente se alegrara de estos milagros y de la primacía del bien sobre el precepto, de la acción de Dios sobre los males irremediables para y por los hombres, de que Satanás no tiene la última palabra, y de comprobar en acción la genuina autoridad de Jesús, que enseña, sana y reprende.
Es muy expresiva la confrontación de papeles; el jefe de la sinagoga recuerda La Ley, sin embargo la mujer liberada del demonio – sin ningún género de duda sobre el origen de su padecimiento– glorifica a Dios, al autor de la Ley. Sabía, con total certeza existencial, que era Dios quien la había curado.
Está implícito otro mensaje, a mi entender, muy importante; el sábado está para curar. No solamente no es contradictorio con la Ley (que vosotros “interpretáis” a vuestra conveniencia respecto de vuestro intereses y vuestras propiedades) sino que justamente el sábado es curativo, sanador. Puntualiza el Señor: “¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?”. “En día de sábado”. ¿Qué mejor día que aquel reservado al Señor? ¿Qué mejor forma de patentizar que es el Señor quien salva? Fuera de Él no hay otro, Él sólo es el Salvador.

4 comentarios
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