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Evangelio

El buen combate

By BuenaNueva29 de noviembre de 20144 comentarios4 Mins de lectura
Reflexión sobre el evangelio de hoy Sabado
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«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre”». (Lc 21,34-36)


Hoy este fragmento del evangelio de Lucas viene en favor de la humildad, porque ilumina toda la debilidad que el hombre experimenta cuando se dispone a cumplir la voluntad de Dios. Tanto es así que el Señor  “se conforma” con que alberguemos en nuestro corazón verdaderos deseos de cumplirla y así lo intentemos.

El Señor nos pide, a través de este evangelio, que nos mantengamos despiertos ante las asechanzas del mundo, el demonio y la carne, ya que si caemos en el sueño al que nos induce estos tres tentadores caeremos en la muerte y perderemos la vida eterna.

Pero a lo primero que tenemos que permanecer despiertos es al conocimiento de nuestra propia realidad de seres extremadamente limitados. Si entramos en la fantasía de que podemos mantenernos en pie a base de esfuerzo y voluntad, habremos fracasado antes de empezar. Solo desde la aceptación de nuestra pequeñez podemos vencer al enemigo. Porque en esa encrucijada, desde la que pedimos que el Señor nos socorra, es en la que nuestra debilidad se convierte en fortaleza. Estar despiertos significa que sabemos que solos no podemos hacer nada. El Evangelio de hoy relaciona directamente el estar despiertos con el “pedir fuerzas para escapar de todo lo que está por venir”.

Ciertamente, cuando me levanto cada día no sé lo que está por venir, pero sí sé que sin la ayuda de Dios no levantaré cabeza. Aparecerán problemas en mi trabajo y me encerraré en mí mismo y en mis fuerzas, como si Dios no existiera; recibiré críticas y me defenderé con uñas y dientes, olvidándome del perdón y la humildad; me dejaré atrapar por ídolos que dejarán en mi vida al Señor en un segundo o tercer plano (si no es que lo tapan por completo).

Todo esto sucede cada vez cada vez que desconfío del Señor y me olvido de mirar al cielo. Pero gracias a la oración, en la que deposito mi realidad de pecador y desde la que manifiesto mi imperiosa necesidad de Dios, puedo despertar y experimentar que Jesús me quiere y combate por mí y conmigo. Él puede conseguir que mi vida pueda ser  fruto del evangelio recibido, y que pueda discernir acerca de lo que es verdaderamente decisivo e importante; que mi mirada se dirija al cielo.

En el combate por seguir las huellas de Jesús nos enfrentamos, cada día, a peligros y dificultades ante los que  es muy fuerte la tentación de cerrar los ojos a Dios y dormirse en las complacencias del mundo. No  es extraño que caigamos. Es muy humano desentenderse y refugiarse en falsos ídolos, en medio de las amenazas, seducciones y peligros. El sufrimiento se muestra a veces como un misterio indescifrable, sobre todo cuando parece cebarse en los inocentes. Nuestro corazón se endurece y perdemos el discernimiento. Miramos la cruz sin ver a Jesucristo. El recurrir a la violencia o evadirse aparecen como recursos legítimos a la luz de nuestra razón. Pero no cabe desesperarse, porque nuestra salvación reside en que el Señor siempre nos ofrece la oportunidad de levantarnos y rechazar la lectura que el demonio nos presenta acerca de nuestra historia.

Es muy bueno tener siempre presente que las caídas forman parte del combate y que la meta que tenemos que alcanzar no es el obtener determinados bienes materiales, que el mundo vende como salvación y felicidad. Ni siquiera el bienestar espiritual debe  colocarse como prioridad. Todos nuestros afanes deben dirigirse a la vida eterna que el Señor nos ha prometido. Pero en nuestra fragilidad es muy fácil equivocar nuestros pasos. Por eso es tan importante y valioso el vivir la fe en comunidad y pertenecer a una Iglesia en donde muchos hermanos, en sus distintos carismas y ministerios, están atentos a nuestras caídas y crisis, para que el Señor pueda encontrarnos levantados el último día.

Sería estupendo vivir cada día como si fuera el último, teniendo presente que Dios nos puede llamar en cualquier momento, aprovechando cada instante para darnos a los demás, en armonía con la voluntad de Dios y en una constante acción de gracias. Si nosotros queremos esto, con limpieza de corazón, el Señor puede y quiere hacerlo realidad.

Hermenegildo Sevilla 

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