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Sobre la “Nueva Estética”

By Jesus Esteban15 de abril de 2013Actualizado:26 de diciembre de 20141 comentario4 Mins de lectura
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Buenas noches: son las 22.30 de la noche, noche cerrada por aquí, con cielo plomizo…, mientras ahí por los madriles son las 16.30 de la tarde con cielo azul. Vuelvo de la Eucaristía a la que he ido yo solo (Clara-Edu y los niños estaban invitados a una primera comunión de niños de otras familias en misión, justamente en el Seminario, y he preferido quedarme en casa, descansando).

  1. Sobre la “Nueva Estética” [para quien no lo sepa, precisamente ha sido un gran teólogo del siglo pasado, Hans Urs von Balthasar, suizo nacido en Lucerna, quien enfatizó su teología sobre lo bello…]. Resulta que no he podido quitar la vista del paño de hombros que cubría el atril: era el de la Anunciación: solo que, con perdón, al ángel lo he podido identificar por las alitas, porque su rostro era un huevo con ojos y pelo; la  cara de la Virgen se salvaba, pero como hay que ilustrar que la concepción en su seno virginal tiene antes lugar en su corazón, el niño (¿niño?) que aparece a la altura del pecho es más bien, sin perdón, una rana patizamba con taparrabos y una manita en el pecho, pensando que debe ser el Niño concebido por la aureola de la cabeza… En fin, que estoy con Kiko en que estas cosas no se pueden dejar al arte e inspiración de quien se eche “pa’lante”, porque luego se ven estas cosas, como otras que conozco de algunos países sudamericanos… Tiene más que razón al ser tan celoso y exigente con la arquitectura de los catecumeniums, las pinturas, etc. Aquí hay que aplicar el mismo criterio o regla de fe que indicaba San Vicente de Lerins (un padre del siglo V) en su “Conmonitorio”: antigüedad (copia perfecta de los originales), universalidad (igual en todos los sitios) y consenso general (que todos estén de acuerdo en ello). Sin embargo, el resto de los signos los mantienen y cuidan con sumo esmero: el mantel es precioso, el altar con su candelabro de  nueve luces, el pan perfectamente dibujado, etc.
  2. El tema de las brasas. Dejadme que como sustituto clandestino del Gamaliel cristiano, maestro en el Israel-taiwanés de esta parte del mundo, os haga una pequeña exegesis del evangelio de hoy. Cuando después de esa pesca de los 153 peces (no me gusta un pelo la interpretación cabalística que hace San Agustín de ese número: prefiero, tal vez, pensar que ese era el número total de especies marinas que se conocían en la antigüedad, para indicarnos que la Iglesia tiene la misión de pescar a todo el mundo…), los apóstoles consiguen llegar a la orilla, se encuentran con Jesús que les ha preparado algo de comer sobre unas brasas… Y aquí es cuando tiene lugar ese diálogo con Pedro, que debió recordar muy bien lo que le pasó con otras brasas, cuando lo negó tres veces; por eso ahora el Señor le hace la triple pregunta, cuya respuesta repara y borra aquella triple negación y, encima, se lleva como regalo-misión el ser el pastor supremo de la grey redimida por el Señor, cumpliéndose así la promesa que había hecho a sus discípulos: “os haré pescadores de hombres” (Mt 4,19).
  3. Los mosquitos de aquí. Mientras tanto, durante toda la eucaristía (por cierto, con un ritmo más lento que el paso de una tortuga reumática) había un mosquito de la raza cabrona de los elefantes voladores, disfrazado de mosquita muerta, que no hacía más rondarme continuamente, hasta que a un cierto momento sentí un pinchazo a la altura del tobillo derecho: esto había sido obra de un diminuto mosquito, de la raza de los cabroncetes enanos, que se introduce incluso a través de los calcetines, y te dejan la señal de su piquillo-estilete. Se me había olvidado rociarme con un spray repelente que me traje, de esos que se llevan en los safaris africanos y esta ha sido la consecuencia. Al final de la misa, vienen los avisos: los del Pochi en la parroquia son un suspiro en medio de un ciclón comparado con la retahíla que se largan por aquí…

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1 comentario

  1. laura el 27 de abril de 2013 16:37

    Es verdad; qué importante es la belleza de los signos que nos hace sentir como «en casa», en la casa de la belleza que es el mismo Dios. EN realidad, la buscamos continuamente: en nuestro vestir, en el peinado, al arreglarnos, en el coche , en la decoración del hogar, en tooodo. Está claro que el hombre tiene una inclinación magnética hacia ella. ¿Porqué no la cuidaremos al extremo en nuestros templos y lugares de culto?

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