En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca.
Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca (San Lucas 4, 14-22a).
COMENTARIO
El evangelio de hoy relata el momento en que Jesús lee ante la sinagoga de Nazaret esta profecía mesiánica de Isaías, que fue realizada en el contexto histórico que vivía Israel en tiempos del profeta (unos 700 años atrás), y cuyo cumplimiento afirma el Señor cuando dice: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Es la proclamación del cumplimiento de las antiguas promesas que esperaba Israel. Jesús de Nazaret se presenta en su pueblo, donde todos lo conocían, con la seguridad del que sabe que es Dios, que está ungido por el mismo Espíritu, y cuya misión conoce perfectamente: Él ha venido enviado con la fuerza del Espíritu, no para los sanos, los perfectos, los poderosos, sino para los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos. ¿Y quiénes son éstos? Este pasaje nos invita a comprender que éstos somos nosotros, a quienes nuestros pecados nos quitan la riqueza de la gracia, nos hacen esclavos, ciegos y sometidos. Ojalá seamos conscientes de la grandeza de este Dios hecho niño y hombre para que podamos acercarnos con toda confianza a Él, con la seguridad de que nuestra salvación y nuestra esperanza están en Él; que nos ama hasta dar la vida por cada uno. Solo hace falta reconocer que nosotros no somos Dios, que no podemos darnos la vida a nosotros mismos, sino que necesitamos al Señor para ser libres, para ver su amor, para obtener la riqueza de su salvación. Y es que el cumplimiento de la profecía de Isaías acerca de la llegada del Mesías no fue solo para los coetáneos de Jesús, sino para todos los humanos que vivimos en la plenitud de los tiempos.
