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Evangelio

No creerán, ni aunque resucite un muerto

By Ramón Domínguez Balaguer28 de septiembre de 2025No hay comentarios4 Mins de lectura
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En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.

Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.

Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.

Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.

Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.

Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.

Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.

Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.

Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”» (San Lucas 16, 19-31).

COMENTARIO

El evangelio de hoy nos presenta la situación de dos personas y el modo cómo reaccionan ante ella. Hay un pobre, su nombre es Lázaro que vive de limosna a la puerta de un rico innominado. Es importante que el dato de que el pobre tiene un nombre, signo de su dignidad de persona, cosa de la que carece el rico, y ello corresponde al distinto modo de reaccionar ante sus respectivas situaciones.

Lázaro, el pobre no reniega ni maldice de su situación; las circunstancias de la vida le han llevado a ella y entiende que todo ello es providencia de Dios; no se rebela contra Él ni tampoco juzga al rico, que ni siquiera se fija en él ni se compadece de su necesidad. No sale de su boca ni acusación ni protesta. sabe que todo tiene un designio y que todo está bien; se abandona a la voluntad de Dios, que no es su pobreza, consecuencia, seguramente, de la malicia de los hombres, pero acepta cargar con el pecado de la sociedad que le ha relegada a su situación, que no es triste, aunque lo parezca a los ojos del mundo, porque mira al cielo y a la justicia divina que enjugará las lágrimas de todos los rostros. Por eso a su muerte, es llevado al seno de Abraham.

El rico, en cambio, aparece innominado en su deshumanización. Es rico en bienes de la tierra, pero indigente en compasión. Vive su vida y banquetea sin mirar siquiera al pobre que yace a su puerta. Vive exclusivamente para sí, busca ganar su vida en este mundo, por lo cual la perderá, porque no hemos sido creados para vivir para nosotros sino para Aquel que nos amó y dio su vida por nosotros. Por eso, a su muerte, comparte la suerte de los insolidarios, de los faltos de amor, de los que viven en una soledad poblada de aullidos porque se han cerrado en sí mismos y no ven a los demás. Su suerte está en el Infierno, la condición de los que no tienen vida porque no conocen el amor. Sólo el que ama vive, porque Dios que es Vida es el Amor.

Esto se aprende del conocimiento de Dios, de la escucha de su Palabra. Es inútil que sucesos extraordinarios lleven a los hombres a la Verdad porque la Verdad es Cristo. Los hermanos del rico únicamente reconocerán la Verdad si acogen su Palabra, por lo que resultan inútiles los signos extraordinarios si no van acompañados de la humildad de acoger la palabra de Dios.

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