En aquel tiempo, habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.
Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbi”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbi”, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (San Mateo 23, 1-12).
COMENTARIO
“Habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pro no hacen”.
Son fuertes las palabras del Señor; y son una llamada de atención a los que viven una posición en gobierno en la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Gobernar, y especialmente en la Iglesia, es servir. Y el servicio por excelencia que tiene que llevar a cabo es ayudar a todos los bautizados a conocer la persona de Cristo, a conocer la doctrina de Cristo, a vivir la enseñanza de Cristo.
La Iglesia tiene la gran misión de evangelizar a Cristo, Dios y hombre verdadero, de anunciar a todo el mundo su Encarnación, su Vida, su Pasión y Muerte, su Resurrección; haciéndoles, a la vez y contando siempre con su libertad, discípulos, miembros de la Iglesia.
“Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).
Así envía Cristo a los apóstoles a todos los hombres, de todas las civilizaciones, de todas las culturas, de todos los rincones de la tierra. El Señor quiere que los pastores de la Iglesia den testimonio de que Él es “el Camino, la Verdad, y la Vida”. Y den testimonio con sus palabras y con sus vidas. No se trata sencillamente de estar con todos en buena paz y armonía; y llevarse bien con todo el mundo.
El Señor quiere que los pastores de la Iglesia ayuden a todos a convertirse, a bautizarse, a cambiar de vida, para seguir las huellas y las enseñanzas del Señor, que ha venido a la tierra para redimir a los hombres del pecado y de la muerte; para que dejen sus malas acciones: robar, fornicar, mentir, engañar, maltratar, ser egoístas, soberbios, …, se arrepientan de sus pecados y pidan perdón en el Sacramento de la Penitencia, la Confesión; y descubran a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
El Señor nos pone en guardia para que transmitamos de verdad a nuestro alrededor sus verdaderas enseñanzas.
“Vosotros, en cambio, no os hagáis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos, …, Y no os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, Cristo”.
Cristo es el Maestro. La Iglesia es siempre la Iglesia de Cristo; nunca de “este” o del “otro”. Y Cristo enviará siempre el Espíritu Santo para que en la Iglesia se mantenga hasta el final de los tiempos que Él es la Verdad, la Vida, el Camino, a través de una Tradición y un Magisterio que jamás se acomodará a ningún” tiempo”, ni a ningún “espíritu del mundo”.
Todos los bautizados –desde el Papa hasta el último fiel en el último rincón de la tierra- tenemos necesidad de conocer más, de amar más al Señor, vivir mejor sus Mandamientos, y recibir con más agradecimiento y humildad, la gracia de los Sacramentos. De esta manera, podremos dar al mundo el testimonio que Él nos pide:
“Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado” (Jn 13, 34).
Y ¿cómo podemos amar así? Perdonando –“hasta setenta veces siete”- comprendiendo, curando las heridas como el buen samaritano. El Papa lo ha recordado a los participantes al Jubileo de los Jóvenes:
“Siguiendo al Señor, también vosotros seréis la sal de la tierra y la luz del mundo (cfr. Mt 5, 13-14). La Iglesia tiene necesidad de vuestro testimonio de fe para crecer siempre más y estar cercana a todos los que lo necesiten”.
Y la Virgen Santísima nos ayudará siempre a ser sembradores de paz y de alegría, dando testimonio de nuestra Fe, viviendo la Caridad, anunciando a Cristo –Camino, Verdad y Vida- a todos nuestros hermanos.
