Decía Jesús: “¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto, creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas”. Y dijo de nuevo: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina hasta que todo fermentó” (San Lucas 13, 18-21).
COMENTARIO
Comencemos por decir que Jesús, en este evangelio no se dirige a un grupo definido (apóstoles, discípulos, fariseos, gentío, los setenta y dos, etc…). Es propiamente un pregón glorioso para todo aquel que lo quiera escuchar, sea cual sea su situación previa en relación al Mensajero.
El tema es central y tremendo; el reino de Dios.
Estamos en la escena en la que el propio Hijo de Dios se pregunta de qué forma puede explicar en qué consiste el Reino de su Padre, que es el suyo. Tarea ardua, no por la ciencia de quien se lo propone, sino por la dificultad de los humanos para acercarse a esa realidad inimaginable, misterio que Él encarna, que es el Reino de Dios, porque Dios tiene que reinar.
Claro que muchos son escépticos o displicentes y, tomando por portavoz a Pilatos espetan: ¿Acaso eres Rey? ¿El rey de los judíos? (Mt 27 11; Mc 15 2; Lc 23 3).
Y hay que recordar que el Mesías sólo hablaría en parábolas. No va a hilvanar un discurso acomodado a nuestra habitual forma de comprender. Tendría que recurrir a las comparaciones, metáforas o parábolas, por no decir midrashim.
Por eso, en la tesitura de dar alguna noción sobre “el reino de Dios”, se pregunta a Sí mismo por una comparación o semejanza, que pueda aprovechar a quienes les escuchan.
Recurre a dos realidades cotidianas, muy conocidas por todos, aunque abra implícitamente una significativa diferenciación entre un hombre y una mujer, entre el menester de sembrar y el de amasar. No puede infravalorarse ningún detalle de la perícopa, ¿por qué habla del huerto del hombre? Aquel sembrador no es aquí el que diseminaba semillas sobre varios tipos de terreno; aquí el agricultor que siembra “una” semilla de mostaza lo hace en “su” huerto, y planta sólo una simiente. Las resonancias y enlaces de la escritura en de ambas precisiones son prácticamente ilimitadas. En cambio la mujer pone la levadura, exactamente, en tres medidas de harina, y espera.
Y ¿qué decir de los resultados? El grano de mostaza crece hasta el punto de que las aves del cielo anidan allí; y la harina por su parte consigue ser completamente fermentada. Para centrarnos más habremos de fijarnos en esa dinámica que desencadena tanto la semilla (de mostaza) como la levadura (en el pan).
La potencia de desarrollo arranca de algo misteriosamente pequeño y preexistente al trabajo humano; remite al Creador, al autor de la vida, con cuyo origen se concatena por el acto creador y por ende, con el propio Creador. ¿Quién si no ha inscrito en la semilla la potencialidad del crecimiento (en las condiciones adecuadas; el huerto) o en la levadura (en la proporción precisa)?
Pero ambos, la semilla y la levadura, necesitan tiempo; es necesario esperar a que su inimaginable potencia expansiva despliegue toda su virtualidad. Así el Reino de Dios.
No importa que la semilla sea pequeña, o su proporción insignificante en el caso de la levadura. Lo que es necesario es que el hombre y la mujer usen esa potencialidad de forma adecuada. ¿Cómo no recordar aquí la “antropología adecuada” que incansablemente predicó San Juan Pablo II? Ciertamente la semilla o la levadura le han sido dadas al ser humano; ningún ser humano las ha creado, como Dios de la nada. Por eso aparecen en el Génesis; porque son asombrosa manifestación del poder de Dios. El día tercero de la creación aparecen “semillas según su especie. Y vio Dios que era bueno” (Gn 1 12).
Hay que volver al asombro, al estupor por lo creado, aunque sean dos fenómenos habituales casi imperceptibles, ver como la semilla o la levadura crecen y crecen. ¿Quién les ha imprimido esa naturaleza y pauta expansiva? Las aves que anidan bajo el arbusto también evocan el día quinto del relato de la creación (Gn. 1 22).
De esa manera milagrosa crece el anuncio de la salvación, así ocurre con el Reino de Dios, que no es de este mundo. Mirando la Historia de la Humanidad, la propagación de la Fe desde un rincón del Imperio Romano, lejos de todo triunfalismo, la propia Historia de la Iglesia, siempre perseguida y siempre floreciendo, lo que significa es que se hace verdad constatable la “semejanza” explicada por Jesús. Porque con Él el reino de Dios ha llegado ya.

6 comentarios
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