El Papa Francisco, en Santa Marta, el 4 de septiembre de 2014 hablaba sobre la pérdida del sentido del pecado, porque lo que realmente creemos es que somos buenos, no que somos pecadores, esa es la causa de la decadencia de nuestro ser cristiano. ¿Por qué? Porque «el (mejor) lugar para el encuentro con Jesucristo son los propios pecados. Si un cristiano no es capaz de sentirse pecador y salvado por la sangre de Cristo, de éste Crucificado, es un cristiano a mitad de camino, es un cristiano tibio».
«Cuando nos encontramos con parroquias decadentes, seguramente los cristianos que están allí no han encontrado jamás a Jesucristo, o se han olvidado de aquel encuentro con Jesucristo». «La fuerza de la vida cristiana, la fuerza de la Palabra de Dios, está en aquel momento precisamente donde yo, pecador, he encontrado a Jesucristo, encuentro que dio un vuelco (…), que cambió mi vida (…) y te da la fuerza para anunciar la salvación a los demás».
«¿Soy capaz de decirle al Señor: soy un pecador? ¿Me doy cuenta que en su Sangre me ha salvado del pecado y me ha dado una Vida nueva?». «¿De qué puede presumir el cristiano? Puede gloriarse, como Pablo y como el rey David, de dos cosas: de sus pecados y de Cristo Crucificado. Pablo dice: “No soy digno de ser llamado Apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. «(1 Cor 15, 9). Pablo anuncia: “nosotros creemos en Aquel que ha resucitado de entre los muertos a Jesús Señor nuestro; quien fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación.” (Rom 4, 24-25).
El kerigma desmonta todo moralismo, todo vano intento de autojustificación, el voluntarismo. El Anuncio del Amor gratuito de Dios desenmascara cualquier gnosticismo estéril que se infiltra cuando hablamos teóricamente de Dios.
El kerigma le quita las llaves al carcelero, la fuerza al Acusador, y si lo escucho, me hace libre.
Cristo está ahora resucitado y vive. El habla hoy por medio del testimonio de la Iglesia. La Misericordia de Dios se anuncia muy concretamente: Dios te ama en tus pecados. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros, siendo todavía pecadores» (Rom 5,5-9).
Necesito que el Espíritu Santo me lo recuerde: Resucitó de la muerte para librarme de la Ley, que hace el diagnóstico, pero no es la medicina. (Cfr. Hch 13, 38). La medicina es el Misterio Pascual de Nuestro Señor Jesucristo, quien ahora está vivo y triunfa.
Anunciamos tu muerte Señor, proclamamos tu resurrección, ¡Maranata!
Juan Ignacio Echegaray
