En aquel tiempo, aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios».
Les contestó Jesús: «¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (San Juan 16, 29-33).
COMENTARIO
Seguimos en el discurso de la Última Cena de Jesús con sus discípulos, en el marco de la Pascua.
La Pascua judía consiste en una cena con una serie de ritos, con los que el pueblo de Israel actualiza su liberación del poder opresor del Faraón, y repasa los hitos del Éxodo hasta llegar a la tierra prometida, aquella que mana leche y miel.
Ahora, en este momento de la cena, justamente antes de la pasión, cuando Jesús les anticipa cuál es su misión como Mesías, ¿lo entienden todo? ¿Entienden qué va a hacer Dios para salvar a su pueblo? Ellos le preguntan si es ahora cuando va a restaurar la gloria de Israel. No olvidemos que la esperanza del pueblo de Israel es que el Mesías restaurará el dominio de Israel sobre el mundo, que los librará de sus enemigos.
Entienden que es el Mesías, pero, ¿entienden que va a hacer el Mesías? ¡No! Se dispersarán y le dejarán solo.
SOLO.
Esta soledad es la que hace su sacrificio esencial. No es ningún hombre el que va a la muerte. Es Dios hecho hombre el que va a la muerte.
¿En qué cabeza cabe? ¿Quién lo puede entender?
El mismo Luzbel no lo entendió y se rebeló: «Non serviam». No serviré. No me haré esclavo del esclavo, ese ser sometido a la concupiscencia, la debilidad, el pecado y la muerte. No se lo merece.
Y los amigos de Jesús, cuando lo prenden, se confunden, se dispersan; incluso Pedro llega a negarlo, Pedro en quien confiaba, a quien le confió su Iglesia.
Ya se lo profetizó diciéndole: “Cuando te repongas, confirma en la fe a tus hermanos”.
Le dicen los apóstoles en esta cena: Ahora te entendemos. Ahora sabemos que lo sabes todo. Pero no saben nada.
Porque Jesucristo, Cristo, el Mesías, antes tiene que morir en la muerte más ignominiosa, resucitar, alegrarlos, encontrarse con ellos resucitado, ascender al cielo, al lugar de donde salió, de junto al Padre, arrastrando consigo a la humanidad, ya redimida, aunque todavía caduca, concupiscente, mientras dura este hoy.
No temáis la caducidad, la debilidad, la pobreza, la nada, que es lo que somos, porque yo os doy mi fuerza, os daré mi Espíritu, no temáis. Yo he vencido al mundo.
Siguen resonando con fuerza las palabras de san Juan Pablo II: “¡No tengáis miedo! ¡Yo he vencido al mundo!”
