En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (San Mateo 6, 1-6. 16-18).
COMENTARIO
Lo secreto, lo pequeño, lo que no vale nada, los pobres… todas ellas palabras que envuelven y empapan las palabras de nuestro Señor.
El Evangelio, la palabra de Jesús está llena de alusiones de este tipo y no es casual que se repita tanto esta manera de mirar al mundo en el Evangelio.
Los hombres estamos acostumbrados a medir nuestro éxito por lo grandioso, lo espectacular, lo que es sonoro, y sin embargo, el que todo lo creó se fija en lo más ínfimo, como nos confirma a través del profeta Isaías, (66); “en ese pondré mis ojos: en el humilde y en el abatido, que se estremece ante mis palabras.
Y, podemos preguntarnos ¿por qué? ¿Qué es lo que hace que a Dios le atraiga la humildad, la pequeñez, la pobreza? “Bienaventurados los pobres en el espíritu” dirá en las Bienaventuranzas, “porque de ellos es el reino de los Cielos” (Mt 5:3-11)
Es bueno detenerse y meditar cuál es el sentido que el Señor le da a estas palabras que a veces escandalizan y molestan a nuestra forma de enfocar la vida.
Podemos rebelarnos diciendo, ¿es que a Dios le gusta que yo sea pequeño, que me humillen, que me deje atacar?, pero no es así.
El camino que Dios nos propone se inició en aquella frase de San Juan Bautista: “Es preciso que él crezca y yo disminuya” (Juan 3:30), es decir, es preciso morir para nacer como Jesús dijo a Nicodemo.
No hay discipulado sin esa muerte que es vida con mayúsculas. Todo lo que el mundo considera grandioso, brillante, espectacular. Todo lo que nos “cuenta” para hacernos grandes desde la perspectiva material, todo eso mata el alma y no deja espacio para Dios.
Dios es nuestro padre y no quiere que nos aplasten, pero sabe que el camino para conocerle es un camino hacia el interior, donde toda esa grandeza, todo ese ruido, esa oferta que el mundo nos hace, nos aparta de Él.
Por eso, cerremos nuestros ojos y aprendamos de la mano del Señor a vivir en el mundo sin ser parte de Él porque nuestro Dios cuidará de nuestra vida para que esa paradoja sea posible y para que podamos decir algún día como San Pablo: “Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mi” (Ga 2, 20).
