En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.» Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: «Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos» (San Mateo, 22, 1-14).
COMENTARIO
De acuerdo con la tradición del Medio Oriente, la invitación a la celebración de la boda se hacía con mucha anticipación, pero no se especificaba la fecha, ya que podría depender de las tratativas, así que los invitados tenían que estar a la expectativa de la invitación definitiva para acudir al banquete. Por esto en la parábola de las vírgenes necias nos encontramos con ese retraso de la celebración que delata a las que, por no valorar la importancia de la boda y sus tratativas, no han previsto suficiente aceite (Mt 25, 1-13)
La invitación despreciada de esta parábola tenía mucho significado para los oyentes. Los invitados del rey, miembros de su círculo habitual, seguramente una elite, desprecian la invitación y el poder del rey. Este no se cansa e insiste especificando el momento e incluso detallando los preparativos y el menú. Todo está a punto. Pero los invitados prefieren sus actividades cotidianas—labranza, negocios… otros sencillamente apedrean y matan a los servidores, menoscabando así la autoridad y renombre del rey.
Jesús narra esta parábola en Jerusalén refiriéndose al pueblo judío, y a los religiosos de la época, quienes rechazaron la llamada, llegando al desprecio y al asesinato, al igual que siglos antes hicieron con los profetas.
Nos habla de un rey que no se cansa ni anula la fiesta, busca a personas de menor nivel social, que se encuentran en las calles, en las plazas buscando trabajo, los pobres.
Igual que Dios no se cansó y sigue invitando al mundo a la Gran Boda del Cordero incluyendo así a los gentiles.
Esta invitación sin fecha exacta guarda mucha similitud con la esperanza que los cristianos guardamos de su pronto regreso y de participar en las bodas del Cordero, la invitación está hecha, pero nadie sabe el día y la hora en que nuestro Señor regresará: “Velad por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche, al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos”, (Mc, 13, 35-36)
La invitación a un banquete de categoría también incluía una vestimenta adecuada enviada por el anfitrión. La fiesta comienza pero de repente se detiene. Hay una persona que no viene adecuadamente vestida. Este invitado, por tanto, no se identifica del todo con el rey y parece tener un pie en ambos grupos sociales, los que rechazan y los que aceptan la invitación a la boda del hijo.
Dios es el rey y esta parábola está evocando la misericordia y paciencia que tiene, en seguir insistiendo con su pueblo. Y el anhelo que tiene en que vuelvan a su casa, con Él.
Encontramos la invitación persistente que Dios hace a la humanidad para acudir a Él. Vemos como los invitados dieron poca importancia al gran banquete que el rey había preparado. Tanto buenos como malos fueron invitados a las bodas, era para todo aquel que la aceptara, sin acepción de personas.
¿No están siendo descritas nuestras actitudes en los diferentes personajes de esta parábola? ¿Acaso no infravaloramos también tantas veces a Dios?
Nos invita cada día a tener un pequeño encuentro con Él en la oración, pero tantas veces te dices: es que ahora no me viene bien, o se me ha hecho tarde…
O cuando acudo a la Eucaristía, me distraigo porque tengo otras cosas pendientes…
Ni somos mejores ni peores, solo nos queda reconocer nuestra torpeza y confiar en la paciencia y la misericordia de Dios que no se cansa de llamar.
