Oso, flauta, hueco, búho, rama, llave, lirio, caballo…
Era un atardecer de noviembre. El día de Todos los Santos. La víspera de Difuntos. La nieve brillaba sobre las lomas cercanas mientras la joven Irene avanzaba con parsimonia hacia el cementerio, con un manojo de rosas en las manos. Era otoño, hacía frío, pero ella traía las rosas. Las había comprado hace una hora en la floristería que queda de camino a la salida del aparcamiento. Las hojas secas de árboles cercanos se arremolinaban con el viento en las aceras del paseo. Hojas de árboles cuyo nombre Irene no conocía. Daba igual. Un suspiro, un temblor. Hacía frío. Ella avanzaba, andando, tranquilamente. La cancela del Campo Santo estaba abierta de par en par. El cortejo desgranaba su lento avance. El coche iba delante con las coronas floridas, después la familia, después venía la gente, después… Después solamente el frío de una tarde tímida y corta, que se iba perdiendo entre los huecos de las esquinas, entre las hojas arremolinadas por el viento.
Oso, flauta, hueco, búho, rama, llave, lirio, caballo…
Irene volvió a silabear mentalmente las viejas palabras. Hacía años que repetía la secuencia, siempre interiormente, siempre en situaciones como aquella, en el deseo de evadirse y de descansar. Era un truco. Se lo había enseñado su psicólogo años atrás. Era bueno escoger una lista de palabras al azar, las que primero viniesen a la imaginación, y pensarlas calmosamente. Era un truco para relajarse mentalmente en momentos de tensión. Pero Irene, desde siempre, era una chica obstinada, y la primera vez que lo había ensayado había retenido las palabras y, luego, siempre pensaba las mismas. A veces era como una obsesión, pero normalmente ellas le recordaban cariñosamente que seguía viva y despierta.
Oso, flauta, hueco, búho, rama, llave, lirio, caballo…
El cortejo ya había alcanzado su destino. Como en todos los viajes humanos, siempre llega al fin. El coche se retiró a un lateral y los operarios transportaron el féretro. “Adelante”. Al nicho. Las flores también van dentro…, y también los corazones de los familiares, o un pedacito de ellos. “¿Es que el abuelo era tan conocido? Aquí hay mucha gente”, pensó Irene. Pero lo fue, aunque en los últimos momentos, el abuelo solo sabía agarrarte fuertemente las manos con las suyas, nervudas y rugosas, pero cálidas como su voz. Igual como cuando en los últimos meses la conversación resonaba en el saloncito de estar.
Los operarios concluyeron. El capellán musitó unas palabras finales de despedida para mamá y los tíos, y luego se marchó. La gente, los amigos, aprovecharon el momento para acercarse a ellos y decirles los últimos “lo siento” y “ánimo”. A Irene la envolvió su padre con manos fuertes. Hoc consummatum est, se acordó Irene de las palabras latinas que ayer les explicara Don Rogelio en clase. Se ha consumado una vida.
Oso, flauta, hueco, búho, rama, sepulcro, llave, lirio, caballo…
Ahora que se acordaba bien, la palabra “sepulcro” no formaba parte de la lista original. Se ve que la había añadido hoy. Tantas impresiones… Pero al menos aquel era un día bonito. Todos los Santos. El abuelo siempre subía al cementerio en esa fecha para visitar a la abuela. Ahora reposan los dos juntos. “La última vez que sube el abuelo —pensó Irene. Pero esta vez para quedarse. Lo que él siempre había querido”.
Comenzó a caer, suave, la nieve. Hacía frío y estaban al descubierto. El cielo encapotado. Los pequeños grupos de gente se fueron alejando, en corrillos, hacia el aparcamiento. La mamá vino y asió a la chica de la mano, y también al pequeño hermanito de poquísimos años, que hacía solo seis meses que se había estrenado en andar sin que nadie lo agarrase. Los primos y los tíos estaban detrás, pero todavía con los pésames.
Oso, flauta, hueco, búho, rama, llave, lirio, caballo…
“Mamá, ¿y quién pondrá en hora el viejo reloj si ya el abuelo no está?”, preguntó la pequeña Erika, la hermana “mediana”. “El abuelo lo hará desde el Cielo, hija mía”. Otra ráfaga de aire frío y se abrieron las nubes. El sol acarició la carita del bebé, sonriente y ajeno, mientras se aferraba a la manota del padre, como gozando de antiguas seguridades. “Papá, papá, vámonos a casa”, exclamó Erika. “Sí, ya nos vamos”.
Oso, flauta, hueco, búho, rama, llave, lirio, caballo…
A la vuelta, mientras que en el coche el aire caliente templaba el habitáculo, Irene se quedó con los labios pegados al cristal mirando de lejos los cipreses. El año pasado el profesor de historia les había obligado a leer un artículo de periódico sobre unos monjes o algo así. Al parecer, fueron ellos los que establecieron la moda de plantar cipreses que, con su enhiesta altura, simbolizaban el más allá, aunque Irene no estuvo muy atenta a aquella clase y no se enteró demasiado bien. A veces lo había discutido con tres de sus amigas cuando empezaban a abrirse a la adolescencia. Una vez, después de haber visto juntas, en casa, un reportaje sobre personas que habían muerto y más tarde revivieron y habían visto una luz al final del túnel, aquella tarde, también de otoño como era esta, se habían quedado discutiendo en el parque hasta la hora de la cena.
¿Habrá algo más allá? ¿Volveré a ver al abuelo o vendrá él a visitarnos? El cura había dicho no sé qué de la otra vida, pero Irene conocía al primo de un amigo que siempre defendía que eso eran tontadas, que lo que importaba en realidad es que, algún día, todos nos íbamos a reencarnar, y leía revistas que hablaban de esas cosas. A Irene aquel chico le parecía demasiado orgulloso, pero le aguantaba las charlas porque pensaba que alguna vez la iba a pedir salir, y a ella le gustaba él.
Oso, flauta, hueco, búho, rama, llave, lirio, caballo…
El coche paró. Llegaron a casa. La chica subió corriendo a su habitación. Tenía 25 whatsapps en el móvil. Su madre no le había dejado llevárselo al cementerio. Los mensajes eran de sus amigos que le preguntaban qué tal había resultado. No habían podido ir porque se hubieron de quedar en el instituto para ayudar a limpiar después de la fiesta de Halloween. La chica se puso a contestar los mensajes cuando, de pronto, oyó un sonido familiar. Era el reloj del salón. Daba las campanas de las ocho de la tarde. ¿Quién lo había puesto en hora? ¡El reloj daba las campanas! De repente, Irene miró hacia el ventanal. Estaba oscuro. El corazón le dio un vuelco Habló en voz bajita: “Solo te digo hasta pronto, abuelo…”.
Jaime Pérez-Boccherini
