En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?»
Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?»
Contestaron: «Lo somos.»
Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»
Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (San Mateo 20, 20-28).
COMENTARIO
Hoy, en el día de Santiago Apóstol, patrono de España, la Palabra de Dios presenta a la humildad como una virtud imprescindible para poder conocer y seguir a Jesús. La Virgen María pidió a Kiko Argüello, fundador junto con Carmen Hernández del Camino Neocatecumenal, que formara comunidades en “humidad, sencillez y alabanza, en donde el otro es Cristo”. La Virgen abrió un camino seguro y eficaz para llegar a Cristo. Quién mejor que una madre para ello. Ella lleva en brazos al mismo Jesús para entregárnoslo. En la parroquia de Madrid “María Madre del Amor Hermoso” podemos contemplar una bella imagen que nos muestra a esta Madre ofreciendo a su hijo para salvación de todo aquel que en su corazón lo acoja.
El ser humano lleva en sus genes el querer ocupar los primeros puestos, lugares privilegiados que cree merecer. Los políticos pugnan por ser los líderes, los futbolistas quieren ser siempre titulares. Los escritores, actores y artistas en general se afanan por obtener el primer premio. Las menciones de honor, el ser subcampeón pasa desapercibido y se olvida rápidamente. No importa tanto un trabajo bien hecho como el ser considerado el número uno. Y cuando ser el mejor es el objetivo prioritario los medios utilizados son a veces ilícitos. Es entonces cuando aparece la ambición como una muralla que nos separa de Dios y nos aparta del Jesús que nos ofrece la Virgen. Perdemos el discernimiento y es la visión del demonio la que se apodera de nuestra razón. La falta de humildad nos lleva a la ambición, la ambición va unida al egoísmo y todo esto nos impide ver el amor de Dios. Se cierra el cielo y el hombre se condena a transitar por una senda que oscurece y entristece nuestro corazón.
El hombre, en su afán por “ser” obstaculiza el camino que lleva a Dios. Rechazando la Verdad el hombre se fatiga inútilmente.
¿Somos capaces de llegar al martirio para hacernos uno con Dios? El señor pregunta esto hoy a todos aquellos que quieren ocupar un puesto privilegiado a la derecha de Dios. Pues aunque fuéramos capaces, nos dice el Señor en el Evangelio sólo Dios determina nuestro lugar. Tras la petición de la madre de los Zebedeos se puede esconder la pretensión de gozar de una proximidad al Señor diferente a la del resto. Se duda de que el Señor pueda colmar el vaso de la felicidad de cada uno de sus hijos. El demonio se preocupa por inocular esta mentira en el alma, sobre todo la de las personas que han alcanzado un grado de conversión.
No sabéis lo que pedís, les dice Jesús a estos dos discípulos. Efectivamente su ambición les había hecho perder una visión real acerca de la vida eterna y la misericordia de Dios. No habían prestado la debida atención a que Dios no hace acepción de personas y que su amor llega por igual a todos sus elegidos. El hermano mayor de la parábola del Hijo Pródigo tampoco entendió como era el amor del padre, tenía un sentido de la justicia contrario al amor. Los invitados a la boda de última hora son rechazados también por los defensores de este tipo de justicia.
La revelación de la verdadera justicia y amor que nos presenta Jesús es la mayor revolución en la historia de la Humanidad. Por ella muchos han dado su vida, mientras los poderes terrenales la intentan sofocar por todos los medios. No hay mayor ni mejor empresa para el hombre que formar parte de esta revolución, la única que puede saciar los anhelos más profundos de nuestro corazón. La vida adquiere así su verdadero valor. Sabremos que estamos en el buen camino, nos dice Jesús, cuando nos persigan y calumnien por abanderar esta revolución. Seremos bienaventurados en el cielo y en la tierra.
Para terminar, quisiera recalcar e insistir en que el Señor nos dice hoy a todos que nuestro afán no debe ser el estar arriba sino el estar al servicio de los demás, sin hacer distinción alguna. El límite de este servicio ya nos lo ha mostrado Jesucristo en la Cruz. Es en el amor en la dimensión de la Cruz en el que uno se hace grande y hermoso a los ojos de Dios.
Amar a los demás como Dios nos ama debe ser nuestra única ambición. Todo lo demás vendrá por añadidura. ¿Acaso Dios nos ha defraudado alguna vez?
