En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.
Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra» (San Lucas 12, 49-53).
COMENTARIO
“He venido a prender fuego a la tierra” La imagen del fuego puede presentarse con distintos sentidos en la escritura. Puede significar castigo y devastación, pero también purificación e iluminación (Is 1,25; Zc 13, 9). Juan Bautista bautizaba con agua, pero después afirma de Jesús que su bautismo será de fuego (Lc 3,16), de Espíritu Santo y fuego.
Jesús además dice que viene a traer la división. ¿Cómo es esto posible si siempre habla de paz? (Mt 5,9; Mc 9,50; Lc 1,79; 10,5; 19,38; 24,36; Jn 14, 27; 16,33; 20,21-23). Pero la división es ciertamente un hecho, porque tan solo sospechar que fuera él el Mesías provocaba una enorme discusión entre los judíos, dentro incluso, del seno familiar. Era un hecho. Esto está en el origen de la pasión y muerte de Jesús.
Aludiendo a esto, el papa Francisco dice: La Palabra de Dios provoca siempre división entre quien la acoge y la rechaza. También en nuestro corazón se enciende un contraste interior, porque nos cuestiona y nos denuncia. “El amor de Dios es fuego que se extiende y divide a los corazones fríos y mezquinos que solo entienden el amor como afecto pasajero y egoísta”.
En este contexto vemos como el desánimo es parte de la vida de cualquier ser humano. Ni es pecado ni está prohibido, forma parte de nuestra maduración y nos incita a pelear para no dejarnos arrastrar por él. Solo podemos ganar este combate con la oración. Este Evangelio nos quiere ayudar dándonos estas tres palabras: fuego, bautismo y división. Fuego que nos quema por ansias de vivir, de amar, de buscar; bautismo en el que cada día experimentamos muerte y resurrección: muerte a nuestros egoísmos y criterios y resurrección al levantar los ojos a Cristo que muere por nosotros siendo inocente, por amor. Todo ello implica lucha. Nuestra tendencia es a quedar por encima, tener siempre la razón y aburguesarnos; pero la palabra del Señor nos invita al combate ofreciéndonos un camino de humildad dispuesto siempre a ceder y dar la vida por el otro. Por eso es inevitable que nos sintamos divididos en nuestro interior: por una parte, anhelas sumergirte en ese amor que te da la vida y por otra tu egoísmo hace que vivas defendiéndote de los demás; y nuestro entorno social y familiar, nos influye hacia la desconfianza, la defensa; ese deseo de seguir a Jesucristo, de entrega, de amor cristiano lo viven como una utopía, una locura que no responde a ninguno de los parámetros convencionales. Cuantas veces hemos oído la frasecita: “¡Sed hermanos pero no primos!”
Pidamos al Señor que no nos deje permanecer en el desánimo y mantengámonos despiertos para seguir en el combate de la fe (1Tm 6,12).
