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Evangelio

Nuestra Señora de Guadalupe (Méjico)

By Ernesto Juliá Díaz12 de diciembre de 2022Actualizado:12 de diciembre de 2022No hay comentarios4 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy. Lunes
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En aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?».
Jesús les replicó: «Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?».
Ellos se pusieron a deliberar: «Si decimos “del cielo”, nos dirá: “¿Por qué no le habéis creído?”. Si le decimos “de los hombres”, tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta».
Y respondieron a Jesús: «No sabemos».
Él, por su parte, les dijo: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto» (San Mateo 21, 23-27).

COMENTARIO

A pocos días de la celebración de la Navidad, la Iglesia nos invita hoy a celebrar la aparición de Nuestra Señora al indio Juan Diego, el año 1531, en el cerro de Tepeyac, que hoy forma parte de la ciudad de México.

Bajo su advocación, la noticia del nacimiento de su Hijo, Jesucristo, ha llegado a todos los rincones de América; y hacia su Santuario, siguen caminando hoy millones de peregrinos de todo el continente, y de todo el mundo.

“María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”.

La Virgen María acude presurosa a atender a su prima Isabel, y acompañarla en el embarazo del profeta Juan, que tendrá la misión de anunciar la venida de Jesucristo, y preparar a los judíos con un bautismo de penitencia.

María sabe que Ella es la mujer escogida por Dios para ser la Madre del Hijo de Dios, de Dios hecho hombre, Jesucristo. Y ante el anuncio del Ángel, su corazón se abre para preparar el corazón de todos los seres humanos para acoger al Mesías, a Jesús.

“¡Bendita entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Isabel se conmueve ante la llegada de su prima, y el indio Juan Diego se conmueve también, cuando ve llegar a la Virgen, que le sale al encuentro cuando él toma otro camino para no verla porque quiere encontrar un sacerdote que le dé la unción de los enfermos a su tío que está enfermo.

“¿Adónde vas, hijo mío, y que camino es el que has seguido?”

Y sabiendo la preocupación que embargaba el corazón del indio, le dijo: “Oye, hijo mío, lo que te digo ahora: no te moleste no aflija cosa alguna, ni temas enfermedad, ni otro accidente penoso, ni dolor. ¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás debajo de mi sombra y amparo? ¿No soy yo vida y salud? No tengas pena ni cuidado alguno de la enfermedad de tu tío, que no ha de morir de ese achaque; y ten por cierto que ya está sano”.

Así nos habla la Virgen María a cada uno de nosotros cuando nos ve apenados, enfermos, necesitados de una mano amiga que nos levante el ánimo.

“Caminó al Tepeyac para acompañar a Juan Diego y sigue caminando en el Continente cuando, por medio de una imagen o estampita, de una vela o de una medalla, de un rosario o Ave María, entra en una casa, en la celda de una cárcel, en la sala de un hospital, en un asilo de ancianos, en una escuela, en una clínica de rehabilitación…para decir: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?” (Francisco, 12-12-2018).

“En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”.

Isabel acogió a la Virgen y su alma, y el alma de su hijo Juan, en su seno, se llenaron del Espíritu Santo.

Cuando encontremos en nuestra cabeza y en nuestro corazón tentaciones de dudas de Fe; cuando nos parezca que perdemos la Esperanza de vivir como el Señor quiere que vivamos, siguiendo sus Mandamientos y la Moral que la Iglesia nos enseña, para que seamos felices en la tierra y en el Cielo; cuando nos parece que perdemos la Caridad, porque nuestro corazón no puede perdonar a los que nos hacen algún mal, y guardamos rencor y odio en nuestra alma; acudamos a María Santísima. Ella nos acercará a la Cruz de su Hijo; y contemplándolo, como Ella lo contempló, renacerá nuestra Fe, sonreiremos llenos de Esperanza, y descubriremos la alegría inefable de tener Caridad, de amar a los demás, como Cristo los ama.

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