En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “He venido aprender fuego a la tierra: ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (San Lucas 12, 49-53).
COMENTARIO
¡Cuánto nos cuesta entender las palabras de Cristo en ocasiones como ésta! Y, sin embargo, poco a poco vamos comprendiendo que ese fuego que Jesús viene a encender es el de su amor hacia nosotros, que tiene el poder de cambiarnos la vida, de hacer crecer en nosotros un deseo que no se calmará hasta que no lo encontremos definitivamente: “Nos hiciste para ti, oh Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que encuentre descanso en ti.”, escribió San Agustín.
Este fuego de amor pasa por la inmolación de Cristo: un “bautismo” precedido por la angustia que el paso por la cruz trae consigo. El Señor sabe que el amor que nos tiene pasa por la entrega de su vida. Es una entrega radical, poderosa, un fuego de amor, que quiere provocar en nosotros ser correspondido con la misma vehemencia. Por ello Cristo declara que no ha venido a traer la paz, tal como nosotros quisiéramos que fuera a veces, una falsa paz intimista, que no nos mueva de nuestras seguridades, de nuestro individualismo, incluso de nuestros pecados. El amor gratuito de Jesús nos trae una división, un alejarnos de nuestros consabidos equilibrios y seguridades, de modo que ese amor llegue a ser lo primero en nuestra vida para que seamos capaces de abrirnos a Dios y a los hermanos.
