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Evangelio

¡Mirad que nadie os engañe!

By Ángel Pérez Martín25 de noviembre de 20251 comentario5 Mins de lectura
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En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».

Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».

Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo» (San Lucas 21, 5-11).

COMENTARIO

Estamos a punto de empezar el Adviento, un tiempo de preparación para la Navidad. Pero antes, la Iglesia nos regala este Evangelio que, aunque parece hablar de catástrofes y señales del fin del mundo, en realidad es un mensaje de esperanza y de alerta amorosa. Jesús no quiere que vivamos en un constante temor, sino abrirnos los ojos para que no nos durmamos en lo superficial.

El texto de hoy nos habla de algo muy humano: todos buscamos algo que nos dé seguridad. Para el pueblo judío, el Templo de Jerusalén era ese lugar sagrado donde sentían que Dios estaba cerca. Era como su refugio, su símbolo de que todo estaba en orden. Pero Jesús les advierte: «Llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra». No es una amenaza, sino una verdad: nada en este mundo es para siempre. Ni los templos, ni el dinero, ni los planes que hacemos con tanto esfuerzo.

Nosotros también hacemos lo mismo. Buscamos seguridades: un trabajo estable, un ahorro, una casa, un futuro bien planeado… Y está bien querer tener estas cosas, porque nos dan tranquilidad. El problema es cuando convertimos estas seguridades en lo más importante de nuestra vida, cuando creemos que sin ellas no podemos ser felices. Entonces, sin darnos cuenta, Dios pasa a un segundo plano. Lo tratamos como un «plan B», algo a lo que recurrimos solo cuando todo lo demás falla.

Pero Jesús nos recuerda que Dios es la roca firme sobre la que construir nuestra vida. Él no es un seguro más, sino el único que nunca nos falla, aunque todo a nuestro alrededor se desmorone. Como dice el libro de Daniel en la primera lectura, los reinos humanos —por muy poderosos que parezcan— son como una estatua con cuerpo de diferentes metales pero con los pies de barro: frágiles y destinados a caer. Solo hay algo que los puede derribar: una pequeña piedra, que representa a Cristo. Él es quien vence el miedo, la mentira y la muerte, y nos ofrece algo que el mundo no puede dar: un amor que no se acaba porque es más fuerte que la muerte.

El Evangelio de hoy nos interpela y nos pone delante del espejo invitándonos a contestarnos a nosotros mismos: ¿En qué confió hoy realmente? ¿En mis fuerzas, en lo que tengo, en lo que la gente piensa de mí? O, por el contrario, ¿confío en que Dios está conmigo, incluso cuando las cosas no salen como quiero?

Jesús lloró por Jerusalén porque sus habitantes no supieron reconocer el tiempo de Dios (Lc 19,41-44). Nosotros también podemos caer en esa trampa: vivir distraídos, preocupados solo por lo material, sin darnos cuenta de que Dios nos está hablando cada día. Estamos rodeados de «falsos profetas» que prometen felicidad en el consumo, el éxito o el placer, pero al final solo incrementan nuestro vacío.

Por eso, la Iglesia nos invita a ser astutos: a no dejarnos arrastrar por el ruido, sino a «revestirnos de las armas de la luz» (cf. Ef 6, 11-13). ¿Y cómo? Con herramientas sencillas pero poderosas: con la Eucaristía que alimenta nuestra fe y nos recuerda que Cristo es el único pan que proporciona la vida cada día; la penitencia: no vista desde la perspectiva negativa de un «hombre insalvable», «pecador irremediable», sino como una oportunidad para limpiar el corazón y dejar espacio a lo que realmente importa; y, por supuesto, la oración donde el silencio nos prepare para escuchar a Dios en medio del ruido consumista y desestabilizador y nos disponga a recibirle en Navidad.

En definitiva, este Evangelio no contiene un mensaje que busque un cambio de actitud provocado por el miedo, sino una llamada a vivir despiertos. El Adviento no es un tiempo únicamente para decir con los labios «Ven, Señor Jesús», montar el belén o encender velas, sino preparar nuestro corazón para que Él habite en nuestra vida: en el trabajo, en la familia, en cada gesto de amor. Que no nos distraigan las luces, los regalos o el ajetreo. Lo esencial es dejar que Dios llene nuestro corazón de amor, destruyendo todo lo que nos aparta de Él: el miedo, el egoísmo o las falsas seguridades.

Como dice el salmo: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a temer?» (Sal 27,1). No tengamos miedo. Si confiamos en Él, nada nos faltará. Feliz y santo Adviento.

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1 comentario

  1. Fidias el 25 de noviembre de 2025 12:21

    Señor alimenta nuestra esperanza, y acrecienta nuestra fé. Saludos Angel desde Colombia

    Responder
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