Jesús, alzando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando los hombres os odien, y cuando os excluyan, y os injurien y proscriban vuestros nombres como malo, por causa del Hijo del hombre.
Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.
«Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas (San Lucas 6, 20-26).
COMENTARIO
Jesús, según los Evangelios, enseñaba a “levantar los ojos al cielo”, para orar hacia el Padre y hacia donde pronto iba a estar Él con su Madre, con sus santos y ángeles. Esta vez Lucas nos sorprende porque lo sitúa más bajo que sus discípulos, -quizás signo de humildad, que habla desde humus de la tierra llana-, y por eso dice que “levantó sus ojos hacia sus discípulos”. Los miró a ellos en las alturas que supone la pobreza, el llanto, el hambre, el odio del mundo y el olvido de los hombres. Nadie los había mirado nunca así. Lo que les iba a decir aquel día era grande para Él y su Reino, que es el de los muchos marginados que aún existen por el mundo. Lucas no estaba allí, pero recoge de sus fuentes esos detalles femeninos de fijarse en los ojos de Jesús. En este caso me gusta pensar que su fuente era María, y quizás Juan, el especialista en “los ojos de Jesús”, aunque él no diría simplemente ‘los ojos’, sino “sus ojos” (Jn 17), aquellos ojos suyos que Él levantaba cuando quería, con su mirada de luz especial que enamoraba y decía tanto o más que las Palabras. Para la conversión o conversación, su mirada directa, era más dicente y vinculante incluso que su tacto regenerador y milagroso.
Las bienaventuranzas de S. Lucas abren, -más aún que las de Mateo (Mt 5)-, la brecha entre el mundo de los ricos y los pobres, del Espíritu de Paz frente al de odio del mundo. Las diferencias entre ambos son más radicales en Lucas que amplía así los usuarios de bienaventuranza al decir escuetamente “pobres”, no solo “pobres de espíritu”, sino todos los pobres
Incluso la actitud que produce el resultado de ese regalo exigencia, hay que tenerla en cuenta para conocer el Reino y su puerta estrecha, escondida en la Palabra. Un hombre llega a una cumbre mundana cuando es ‘reconocido en lo que hace’, ‘amado’, alabado por todos. Pero en el Reino “se alegrará y saltará de gozo” … “cuando los hombres os odien, y cuando os excluyan, y os injurien y proscriban vuestros nombres como malos, por causa del Hijo del hombre”. Es la larga lucha entre la fama por la riqueza y los bienes del mundo, frente a la humildad de los bienes de Dios, que se hicieron públicos desde Jesucristo.
El Reino y el mundo son la cara y la Cruz que llevamos todos los hombres dentro. A veces se abre nuestra verdad y se hace luz por una palabra, una mirada, un sufrimiento propio o ajeno del hambre o del llanto, cuando llevan luz de humildad, Noticia del amor, como hacía el Maestro.
Los pobres, adoloridos y odiados, solo se nombran en este Evangelio de hoy para sustentar la bienaventuranza que les espera, y que ya tienen si ven sus carencias como un regalo, y como semilla de la cosecha que dará su tierra fecunda haciéndose cielo de Dios.
Pero los ricos y alegres que se alimentan con las cascaritas de este mundo light, como lo tenemos, sin pulpa de amor, sólo reciben una interjección especial ¡Ay de vosotros! Casi una maldición con una fuerza espeluznante, sin vuelta atrás, salida de los labios del Maestro de la mansedumbre en el Evangelio de Lucas, aun siendo especialista en transmitirnos la misericordia de Dios, que dos versículos más adelante, proclamará el amor incluso al enemigo.
Las bienaventuranzas del sermón de la montaña en Mateo, -el sermón de la llanura en Lucas-, por el lugar en que sitúan a Jesús al pronunciarlo, no solo son consoladoras por sus contenidos, sino que son proféticas en cuanto a la vida de la Iglesia que no siempre ha lucido por su pobreza, pero guarda aquella Palabra y la mirada que constantemente le mueve el corazón hacia los pobres. ¿Y qué será de los que son sujetos de los ayes de Jesús, cuando están dentro de la misma Iglesia? El dulce Maestro, tiene momentos de muy áspera dureza con los que son, o somos, causa del llanto de los pobres. Porque reír o comer no es malo, pero si es a costa del llanto y el hambre de otro… ¡Ay, Dios mío! Ten misericordia. Porque los ricos y los hartos de comer y demás jarandacas, zarandajas que hacemos los hombres no estaban lejos de Jesús. Y también para ellos, Él levantó los ojos y les mandó la flecha de un suspiro. ¡Ay!

2 comentarios
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