En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (San Mateo 11, 28-30).
COMENTARIO
Hace algunos años, ante una situación laboral muy intensa y complicada, intensifiqué mis rezos y mis visitas a la Iglesia buscando alivio a mi penosa situación. Pero por más Misas que oía y más ratos que pasaba frente al Sagrario apenas se aliviaba mi angustia por el problema que vivía a diario en mi trabajo. En este estado de ánimo, un día leí el Evangelio que hoy meditamos: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré». Con auténtica tristeza le pregunté al Señor en la oración porqué si yo estaba yendo a Él, seguía tan cansado y agobiado, sin alivio alguno. ¿Qué estaba haciendo mal para que la palabra de Dios no se estuviese cumpliendo en mí? Ese «venid a mí» ¿era rezar más, frecuentar más la comunión, pasar más horas de adoración ante el Santísimo? Yo lo hacía, iba al Señor, pero no había alivio para mi alma. Ante estos interrogantes comencé a profundizar en ese «venid a mí» que Jesús con tanta sencillez proclamaba a sus discípulos y empecé a ver que me estaba faltando buscar a Jesús en mis propios problemas, en todos los instantes de mi vida cotidiana, en cada persona con la que trataba, especialmente en aquellos que podían haber sido la fuente de mis angustias, en la dureza del propio trabajo y en todo lo que, por simple y rutinario que era, no consideraba que estuviese en eso Jesús. Y empecé a buscarle en todo lo que precisamente era el motivo de mis angustias. Recordé las palabras de San Pablo «en Él vivimos nos movemos y existimos»… resulta que yo iba al Jesús de la Iglesia y se me olvidó el de andar por casa, el que no se separa de mí cuando hago mi trabajo y cuando sufro las dificultades del mismo, el que está en el rostro de cada persona con la que trato, en los errores que cometo y los fracasos que vivo. Todo ese mundo cotidiano, la fuente de mi angustia, lo separaba de ese «venid a mí» cuando era el principal lugar del encuentro con el Señor. Aunque no es fácil ver esa presencia permanente del Señor en todo lo cotidiano, en el trabajo y en los mismos problemas, cuando se empieza a vivir de esta forma, tomando el yugo del Señor, viviendo junto a Él cada instante, se descubre que todo es más suave y llevadero. Junto al Señor, cada momento se aprende a vivir con mansedumbre, aceptando lo que venga sin rebeldías que nos rompen, con humildad, sabiendo que en la Verdad de cada momento vivido con honestidad y serenidad estamos haciendo lo que debemos porque sencillamente hacemos lo que podemos. Con ese planteamiento, sí que se alcanza la paz y si se encuentra el descanso para el alma, porque se vive inmerso en la Verdad de Dios, expresada en los acontecimientos cotidianos, aceptados con amor y no como enemigos de mi vida, son entonces el yugo suave y la carga ligera. Resultó entonces que yo creía estar yendo a Jesús solo cuando salía de mi trabajo y no caí en la cuenta de que también le tenía a mi lado en cada problema y en cada persona con la que trataba en mi quehacer cotidiano, que empezó a no ser tan duro ni agobiante. Efectivamente, el Evangelio no fallaba, era yo, que no lo entendía.
