“Jesús dijo a sus discípulos: «Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de quien los provoca! Al que escandaliza a uno de estos pequeños, más le valdría que le ataran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar.
Cuidaos de vosotros mismos. «Si tu hermano te ofende, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces en un día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», le perdonarás.»
Los apóstoles le pidieron al Señor; «Auméntanos la fe.»
El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este sicómoro: «Arráncate de raíz y plántate en el mar». Y os obedecería” (San Lucas 17,1-6).
COMENTARIO
‘Escándalo’ significa piedra de tropiezo en el camino, y “es imposible que no vengan escándalos”, piedras en el camino de los hombres que buscan a Dios. Lo más grave surge cuando se hace tropezar a los pequeños aún en la fe, con nuestras piedras de caprichos.
Cuidar unos de otros, junto a la ayuda y corrección fraterna, pidiendo el aumento de la fe, son “ipsísima verba Iesu”, palabras de Jesús repetidas muchas veces en sus prédicas. Luego cada evangelista las incorpora a sus oyentes. Mateo les dedica un capítulo entero, mientras Lucas solo unos versículos.
A primera vista aparecen tres ideas diferentes, unidas al estilo elegante de Proverbios que gusta a Lucas, pero ¿y si pudiéramos verlas como un solo mensaje? El tema de fondo podría ser la fe como una planta que crece en el humus de la Palabra. Cortar su crecimiento armónico es grave para Dios, y escándalo para el hombre.
El trato de los niños lo aborda luego Lucas (18,15 ss.) Aquí habla solo del “escándalo de los pequeños en la fe”, que no solo son los niños, ni el escándalo es únicamente la conducta sexual inapropiada con ellos, denuncia de moda contra la Iglesia, aunque sea para hacer ruido y no para extirpar el mal desde la raíz.
El castigo es muy fuerte, y más le valdría al “ponepiedras” llevar siquiera una de molino colgada al cuello y ser arrojado “a lo más profundo del mar”, dice Mateo (18). Se perdería para siempre de la comunidad tragado por las aguas sin fondo.
Para que eso no ocurra, tiene sentido la corrección fraterna, con el perdón asegurado si hay arrepentimiento. Pero el perdón solo funciona con la fe: Somos hijos del mismo Padre. Por eso pedían los apóstoles la fe que mueve hasta montañas y sicómoros de ofensas entre hermanos. Nuclear del Evangelio de Jesús es pedir perdón y perdonar al hermano que produce los roces de cada día ¡Hasta setenta veces siete, dice Mateo! Para el Maestro es el primer paso y la garantía de nuestro propio perdón por el Padre: perdonar y dar la mano para seguir caminando juntos en la experiencia de fe que nos salva.
¿Cuántas veces hemos creído que es imperfección tener dudas de fe, dudar de Dios? El Papa Francisco dice que, si alguien asegura haber encontrado a Dios con certeza total y ni le roza la incertidumbre… algo no va bien. La fe es un don caro, escaso y no siempre firme ni constante, aunque uno se empeñe. ¡Y perdonar de corazón también!
Corren malos vientos para la fe ahora, época de la inmediatez, de conseguir todo con un pequeño toque de dedo en el móvil. Tiempos hubo en los que se presumía de ser cristiano, se vivía cómodamente en esa creencia sin conflictos, incertidumbres ni sobresaltos. Pero, ¿qué pasa ahora? Abundan las crisis de fe, se ha perdido. La gente no sabe si cree o no, ni en qué creer.
¡Qué pocos se atreven a reconocerse sinceramente cristianos, a decirlo en público o a llevar con seguridad y orgullo un símbolo religioso colgado al cuello!
En el texto evangélico, S. Lucas (tocando cada vez que escribe, fe y misericordia-perdón invariablemente), muestra además su preocupación por no ser motivo de escándalo o tropiezo para los niños o los débiles de espíritu. En caso de que ocurriera, el evangelista inmediatamente habla del perdón. Pedimos fe para superar las ofensas y saber perdonar desde las entrañas, no de cara a la galería. Si los apóstoles rogaban a Jesús con insistencia que aumentara su fe, ellos que eran sus amigos, que vieron sus milagros y el brillo de su mirada, que pudieron abrazarlo… ¿Qué podemos hacer nosotros?
Dios es esencial y exclusivamente bueno. Nos ama, no por nuestros merecimientos y menos por nuestra bondad, tan infrecuente tan escasa y tan intermitente. Por esa misma razón, su perdón está asegurado siempre. Como una madre que ama sin condiciones a los hijos conflictivos o descarriados.
Esta fórmula agrada a Dios: nuestro esfuerzo por hacer el bien al prójimo y perdonarlo, aunque cueste caro y sea duro a veces. No enfrentarnos a las ofensas de forma implacable, ni llevar cuenta de ellas, no odiar. De esa forma redimimos con Jesús nuestros pecados y faltas ante el Padre común ¡Si tuviéramos un amor excéntrico como Él!… Saltaríamos de la autocomplacencia en la forma de ser cristiano (que empieza y acaba en mi ego), a tender la mano a los demás. Pasar de la defensa al contraataque.
Si alguien nos preguntara qué elegiríamos conservar los últimos días de nuestra vida, ¿qué pediríamos? ¿Salud? ¿Tranquilidad? ¿Compañía? ¿Mente clara y despierta? ¿No demasiado dolor físico?… ¿O más fe? Ojalá optáramos por no perder la fe nunca, y menos en ese trance.
