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BuenaNueva 48

Entró y vio y creyó

By BuenaNueva17 de septiembre de 2014No hay comentarios10 Mins de lectura
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“Ver para creer” es un dicho que expresa algo, en el fondo, muy cercano a lo que Juan transmite en el v. 8 del capítulo 20 de su Evangelio. En la vida, ciertamente hay cosas que, de no verlas, no las creeríamos.

Entre ver y creer hay un dinamismo de ida y vuelta: si no veo, no creo —como Tomás (ver Jn 20,26)—; pero si no creo, lo que veo no me lleva a ninguna parte; como a tanta filosofía de antes y de ahora. No hay tanta diferencia entre el dicho de Tomás y lo dicho por Juan: “Vio y creyó”. Lo que ambos dicen es, según me parece a mí, que si no veo no creeré nada, y que si creo en lo que veo, esto que veo cobra toda su plenitud de significado: al creer, aquello que veo adquiere una certeza muy superior a la proporcionada por la experiencia sensorial. Así pues, cuando Juan entra en el sepulcro vacío de Jesús, ¿qué es lo que ve para que creyera? ¿Y qué es lo que cree? Este segundo escrito sobre la muerte cristiana quisiera ser una aproximación al formidable desafío de la doble negación “si no, no”.

*       *       *

Nada hay en el evangelio de Juan escrito porque sí; todo lo escribió como “…señales… para que creáis en Jesús… y creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20,30-31).Y el modo como escribe empuja al lector a buscar, como él se sintió empujado a averiguar qué había pasado, al escuchar a María Magdalena: “Se han llevado al Señor y no sabemos dónde le han puesto” (20,2). Lo mismo le ocurre a Simón. Y ambos corren juntos al sepulcro.

Esto de correr tiene su aquel. Corre María a avisarles, corren Simón y Juan, los de Emaús se vuelven aprisa, Pedro se tira al agua en la ribera del lago (21,7). La Resurrección ejerce una atracción que saca del estado en que uno se encuentra, para ir al Señor vivo: correr a él es el primer efecto de la Vida nueva que transmite quien, si bien estuvo muerto, vive ahora para siempre (ver Ap 1,18). Es una llamada desde el otro lado de lo cotidiano; sobre todo del otro lado más cotidiano a todos que es la muerte.

Ese otro lado, de donde procede la voz de la Vida es esencial para conocer la valencia o capacidad que la muerte tiene para interpretarnos la vida ordinaria. Es verdad que vivir es itinerar, una vez se nos ha dado estar —ahí— en el mundo. Pero podemos caminar hacia algún sitio o hacia ninguno, que es la muerte, la ninguna parte, el agujero negro que todo lo traga. No es lo mismo lo uno que lo otro.

Juan tiene de la resurrección la idea de que es volver de entre los muertos; pero la muerte de Cristo tiene de singular en el evangelista, que pertenece al mismo acontecimiento de su Resurrección: estar Jesús entre los muertos es inseparable de volver de entre ellos: es una muerte en la gloria de Dios. Y desde la Cruz Jesús es Señor: reordena todas las cosas hacia el que está así levantado (ver 12,32), y todo es hecho nuevo en esa misma hora.

Con el misterio Pascual en el sentido pleno que Juan le da, hay un “último día”, un llegar lo antiguo a su extremo (que el mismo Jesús alcanzó: 13,1), y hay un “primer día” de una semana nueva, en que todo es recreado: una creación nueva comienza. La Paresceve se ordena intrínsecamente al Primer día de la Semana. Lázaro no resucita así; ni los otros resucitados por el Señor, aunque en todos aparece el carácter de signo del Amor de Dios. En el relato de Lázaro se adivina la intención narrativa de Juan: llegar a la resurrección de Jesús. Y ciertamente lo cuenta para que nosotros alcancemos la Vida, como queda dicho.

Ante la brevedad de espacio, quiero fijarme en dos pensamientos de Juan que me parecen extraordinariamente importantes para la fe cristiana: “¿No te he dicho, responde Jesús a Marta, que, si crees verás la gloria de Dios?” (11,40). Y “… y vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús había de resucitar de entre los muertos” (20,8-9). La Escritura a la que se refiere Juan probablemente es Is 26,19-21. Toda la vida de Jesús es “según la Escritura”; no vive según otro criterio alguno; su alimento es la voluntad del Padre. Toda la vida de Jesús está en el misterio de su Pascua. Toda la Escritura explicita la ordenación de la vida de Jesús (incluso del Universo entero) al designio de Dios (ver Jn 5,39). Ahora bien, para conocer las Escrituras hay que tener la mente abierta: es la obra del Espíritu que el Resucitado hace con los discípulos; el Espíritu de la Verdad les dará la Verdad completa (ver 14,16-17.24-26) Dicha Verdad es la Vida y la Luz (Jesús mismo en persona), de modo que quien cree en él tiene la Vida y no anda en tinieblas.

Para Jesús, como para Lázaro y para todo hombre, morir es ser colocado “entre los muertos”; la clase de sepulcro es de poca importancia. La “tumba” queda cerrada con una losa enormemente pesada (Mc 16,4), no tanto por su tamaño, sino porque no se puede abrir desde dentro: se muere definitivamente.

Los muertos nada pueden hacer sino no hacer nada: permanecer muertos. De hecho, y bien pensando, la muerte como categoría para pensar la vida, anula todo cuanto de un vivo pueda decirse. El muerto no está ni de pie ni tumbado, ni se mueve ni está quieto; la muerte vacía de significado cuanto pudiéramos atribuir a un vivo. En el existencialismo ateo esto es una evidencia. No así para el cristiano.

Jesús llama a Lázaro, desde fuera de la tumba, a salir fuera — “Lazare deuro éxo” (11,43)—. Este “Ven afuera”, no obstante, resuena dentro del amigo difunto. Jesús antes de la vida le “devuelve el oído”. Y Lázaro acude al llamado de Jesús: “salió” (“exelzun”) ; es decir, vuelve a la vida anterior, no a otra diferente del todo: esto es exclusivo del Señor. Por eso sale atado de pies y manos y con el sudario sobre el rostro. Aquí está la clave para comprender qué vio Juan en el sepulcro vacío, para creer.

Juan urde un relato sublime de la “Resurrección” tejiéndolo sobre la “salida” de Lázaro: los elementos homogéneos y los antitéticos en ambos relatos han dado lugar a una exégesis minuciosa de los mismos: el huerto-jardín, la tumba, la piedra, los testigos, María Magdalena, las sábanas, el sudario. Nos consta expresamente que Jesús fue sepultado “conforme a la costumbre judía de enterrar” (19,40), en un huerto próximo al lugar de la crucifixión (v. 41), en un sepulcro que no era una cueva, sino excavado en la roca, y nuevo. El relato lleva al lector casi sin darse cuenta al v. 8 del cap. 20. Pedro llega a la tumba detrás de Juan y ve en ella “los lienzos por el suelo… y el sudario que estuvo sobre su cabeza…, plegado en lugar aparte” (20,6-7). La traducción del griego no es fácil. Quizá, con la cautela debida, pudiéramos traducir, como hacen algunos, de este modo: Los lienzos estaban “puestos” o extendidos. Y el sudario plegado sobre un lugar, tapando un lugar.

Una vez más: ¿qué vio Juan y creyó, si vio lo que había visto también Pedro? Pues lo vio “todo”; lo de dentro y lo de fuera del sepulcro vacío: un huerto-jardín, la piedra quitada, una mujer singular, y sobre todo la sábana “puesta”, ya no como mortaja. En el espíritu del discípulo querido tanto por el Maestro se levanta la imagen grandiosa (evocada desde el Cantar de los Cantares y los profetas) del tiempo mesiánico restaurando y comenzado en la Pascua de Jesús, cuyo centro y corazón es el lecho de bodas del Rey Mesías “preparado” para él y su esposa, el nuevo Israel, la Comunidad nueva, figurada en la Magdalena.

El Lecho de Amor mesiánico está en el jardín del Cantar, y tiene las sábanas de la Vida frente a lo caduco y ya fenencido, que es ocultado, privado de su presencia activa, por el sudario. Bajo el sudario que da desvirtuado y anulado cuanto pertenecía a la antigua alianza y que desde ahora nada tiene que ver con el Rey triunfante: el Templo, el sábado, los sacrificios rituales… En definitiva, el sudario cubre, anulándola, la muerte.

El discípulo evangelista “ve” todo esto y comprende (cree) quién “es” (no “era”) el que estuvo enterrado allí sobre las sábanas, sábanas que son de Amor y Vida y no mera mortaja como en Lázaro. El amigo de Jesús vuelve a la vida anterior, sometido a las mismas ataduras de la vieja condición mortal: morirá otra vez. No así Jesús, que, si bien estuvo muerto de verdad, ahora vive para siempre y da la vida a los demás (ver Jn 10,28). En María ve Juan la Comunidad creyente, o mejor, que va a creer: esta no tendrá más que “volverse” a la (de nuevo) llamada del Resucitado (ver 20,16) para entrar en su Reino o Vida.

Juan vio y creyó. Si Marta creyese vería también… ¡la gloria de Dios!, como Jesús le dijo. Ver y creer son los polos de una tensión existencial tremenda: fuerte como el amor y la muerte. En ella se opera la experiencia del Amor de Dios salvador en toda su plenitud, hasta el punto que Juan nos enseña que “ver para creer” es entrar en la gloria de Dios, en su misterio de inefable caridad, presente en la Pascua de Cristo, en el mismo Cristo pascual. Juan, creyendo, vio la gloria de Dios en Jesús Resucitado: lo que Jesús había prometido a Marta cerca de Betania y Dios había jurado a los antiguos padres, y vieron a Abrahán, Elías, Moisés y algunos otros. Ahora la Escritura resulta ya meridianamente clara.

Bien, pero todo esto, a nuestra muerte, a la mía, ¿qué? Mi vida me lleva a la muerte. Como recuerda la filosofía —“todo hombre nace lo suficientemente viejo como para morir en cualquier momento”—, esta certeza convierte el acontecer diario gozoso o doloroso, largo o corto, en una losa excesivamente pesada. Entre la “insufrible liviandad del ser” y la “insoportable pesadez de la muerte” anda la tragedia del vivir humano, que nos descoloca, nos deprime, nos encorajina…, nos desazona: ¡nos va muriendo día a día! A menos que… Alguien nos abra desde fuera, desde el otro lado. Marta ve la gloria de Dios no por que ve salir a su hermano de la tumba, sino ante todo, porque cree en la Palabra de Dios Resucitada y triunfante. Juan nos ha dejado la clave para conocer de veras nuestra vida y muerte: hay una forma de participar en la muerte de Cristo para participar también en su victoria; la muerte puede ser transformada en triunfo. Juan es el evangelista de los “semeia”, de los signos de Vida operados por Dios en Jesús, por el Espíritu que nos lo devolvió de entre los muertos. El “paso” del Señor nos era necesario y conveniente para que por su Espíritu llegara a nosotros la esperanza de la Vida.

¿Creemos nosotros esto? (ver Jn 11,26). Nadie puede decir que sí sin el Espíritu de Jesús; Pablo lo sabía bien. Volveremos sobre esto.

César Allende

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