En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (San Lucas 18, 1-8).
COMENTARIO
El domingo pasado con la parábola de la viuda del juez inicuo y la viuda importuna y este domingo con la parábola del fariseo y el publicano el evangelista Lucas nos ofrece dos «perlas catequéticas» de la Iglesia apostólica de cómo hacer oración: como la viuda, insistentemente, con perseverancia, orando en todo tiempo con tenacidad y constancia; y hoy añade una condición más, como el publicano, con humildad y verdad, sin pretensiones, conociendo nuestro propio «humus», nuestra condición de pecadores y poniendo nuestra vida bajo la mirada misericordiosa y benevolente de Dios. Ya lo decía Santa Teresa de Jesús, maestra y guía de oración: Andar en humildad es andar en verdad.
La humildad hay que aprenderla. ¿Dónde se enseña a ser humildes? La primera escuela es la propia familia donde los padres enseñan a los hijos a obedecer, sin obediencia no hay humildad. Se aprende a ser humilde aceptando las humillaciones, no hay otro modo de entrar en la humildad que la de considerar al otro como superior a uno mismo. Los maestros de la vida espiritual señalan cinco grados de humildad. El primero consiste en aceptar los propios defectos personales que no siempre es fácil; el segundo, aceptar los defectos de los demás, sino hemos sido capaces de aceptarnos a nosotros mismos, se torna muy difícil por no decir imposible, aceptar los defectos de los demás; el tercero, como afirma San Pablo, consiste en considerar a los otros como superiores a uno mismo, solo así, si se tiene conciencia de la propia pequeñez y se mira a los demás con misericordia el juicio del corazón desaparece porque el amor todo lo excusa; el cuarto, sube un grado más y reclama, por amor a Jesucristo, aceptar todas las injusticias que nos hagan; y el quinto, también, por amor al Señor, desear el martirio como San Ignacio de Antioquia cuya fiesta hemos celebrado el día 18. Le preguntaban en una ocasión a un padre del desierto cuál era la virtud más necesaria para la vida del cristiano y le decían ¿orar mucho? ¿hacer ayunos? ¿preocuparse de los demás? y contestaba: La virtud más importante es la humildad porque el que es humilde es obediente, el que es humilde perdona antes de que le pidan perdón, el que es humilde no toma en cuenta el mal, lo comprende, el que es humilde conoce las trampas del enemigo y sabe que en cualquier momento podemos juzgar, tener celos, pensar mal, etc.; por eso lo excusa todo. Por ello ante todo y sobre todo necesitamos la humildad pues ella vence al adversario y destruye todo lo que procede del enemigo. Sin humildad no es posible llegar al discernimiento.
¿Qué es tener humildad? Hacer el bien a los que te han hecho mal. ¿Qué es tener humildad? Aceptar que el otro te grite, pensando que Dios lo permite porque te quiere hacer santo, y aceptar así toda contrariedad. Progresar en el camino de la fe significa ser cada vez más humilde, hasta llegar a la fe adulta, que es considerar a los otros superiores a ti . ¡Enséñanos, Señor, a ser humildes!
Nada hay en la tierra más alto que la humildad. Nada hay en la tierra más grande que la humildad. ¿Qué es la humildad? La verdad. Donde hay humildad, hay misericordia. Sólo la humildad nos introduce en el Reino de Dios; ella nos hace niños. .Solamente la humildad nos permite ver, desde su «altura», la gracia y el porqué de ciertas cosas que nos pasan. El que es humilde no se enfada sino raramente. «¡Oh Santa humildad de Cristo! ¿quién te pudiera encontrar?» ¿En qué grado de humildad te encuentras? ¡Señor, haz que camine con humildad!

5 comentarios
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