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Evangelio

EL SEMBRADOR Y LA SEMILLA

By Antonio Segoviano28 de julio de 20233 comentarios4 Mins de lectura
Comentario al evangelio de hoy Viernes
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno» (San Mateo 13, 18-23).

COMENTARIO

En el pasaje de hoy, Jesús nos explica el sentido de la parábola que vimos hace dos días. El habla a la multitud con palabras y ejemplos sencillos, tomados de la vida ordinaria de sus oyentes campesinos. Pero su mensaje es muy profundo, porque con ellos explica misterios del Reino de Dios. Por ello las parábolas son algo central en el Evangelio.

¿Por qué compara su Palabra con una semilla, de trigo por ejemplo? Porque la semilla, en su pequeñez, contiene un germen de vida, que luego ha de brotar y desarrollarse hasta servir de alimento a los hombres. Así ocurre con su Palabra: contiene la Buena Nueva del amor gratuito de Dios a los pobres, a los indigentes, a los inútiles, a los pecadores. Este es el germen de vida nueva que El deposita dentro del corazón de cada uno de sus oyentes.

Jesús sabe que, entre los que le escuchan, hay gente de todo tipo: gente engreída y autosuficiente, que ni entiende ni valora su mensaje; gente débil, que busca sólo en El un consuelo afectivo, porque no soporta los reveses de la vida; gente mundana, cuyos mayores intereses son el éxito, el dinero, el trepar a puestos elevados; y también gente sencilla y humilde que busca sinceramente a Dios. Así El alude a cada uno de estos grupos con la parábola de la semilla, que sólo da fruto cuando encuentra el terreno adecuado; pero, eso sí, el fruto va a ser superabundante, mucho más de lo que se hubiera podido esperar.

Esta parábola tiene para nosotros una actualidad insospechada. Hoy día son muchos los que ni escuchan ni entienden la palabra de Cristo y de la Iglesia. También son muchos los que, escuchando con gusto, son inconstantes; son los tibios, que se instalaron en la mediocridad para no sufrir, y se conforman con el perdón, sin atreverse a seguir a Cristo. Igualmente son muchos los que le seguirían, pero no quieren dejar atrás lo que les ofrece el mundo: poder, triunfo, fama, riqueza… y se quedan a medio camino. Pero la Iglesia no desespera, porque sabe que también hay quienes acogen la Palabra y creen lo bastante como para apoyar en ella su vida. Estos terminarán dando un fruto incomparablemente superior a lo esperado. Hay ejemplos históricos de ello. desde los doce apóstoles hasta las órdenes religiosas, o los actuales grupos de fieles seglares, extendidos hoy por todo el mundo.

Porque la semilla de la Palabra contiene en sí misma una fuerza de vida nueva, que anida en cada corazón que la acoge, y lo trasforma por completo. Si asumimos con fe el anuncio del amor gratuito e incondicional de Dios, que nos revela Jesús, nuestra vida se ilumina. Ya no caminamos sin rumbo por la existencia: los acontecimientos tienen sentido, la historia tiene sentido, hasta el sufrimiento tiene sentido, pues se trata, ante todo, de experimentar que Dios está de nuestro lado incluso en el dolor, y Él es más fuerte que todo lo malo y bueno que nos pueda ocurrir.

Así, apoyados el ella y mediante la perseverancia, la Palabra acabará dando fruto en nosotros. ¿Qué fruto? El de una vida redimida, liberada por la esperanza y que puede ser luz para los demás, porque hace visible, creíble a un Dios inmensamente cercano al hombre, que se ocupa de sus problemas, que comprende y perdona nuestras miserias y tiende la mano a quien lo invoca. Un Dios, en fin, que es Padre  y quiere ante todo, el bien de cada uno de sus hijos.

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3 comentarios

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