Mientras iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los doce y les dijo: “Mirad vamos a Jerusalén, y el hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, azotarlo y crucificarlo, pero al tercer día resucitará”
Entonces se le acercó la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella contestó: “Ordena que estos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Pero Jesús replicó: “No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” Contestaron: “Lo somos” Él les dijo: “Mi cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos a quienes mi Padre lo tiene reservado”. Al oír esto los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús reuniéndolos les dijo: “Sabéis que los jefes de las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, que sea vuestro esclavo. Igual que el hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (San Mateo 20, 17-19).
COMENTARIO
Tenemos en este evangelio tres puntos de meditación. En este momento en que Jesús, por vez primera, habla muy claro sobre su pasión, cuando está próxima la fecha de su muerte. “Me entregarán a los sumos sacerdotes y a los escribas.” Aquellos a quienes se encomendó el cuidado de la observancia de la ley y el culto a Yavé durante siglos debieran ser los valedores del Mesías y tienen la osadía de condenarlo.
Más tarde, varios santos sufrieron la incomprensión y la condena de la Iglesia.
Jesús describe el sufrimiento de ser entregado a los gentiles, los no creyentes, para que se burlen de él y le azoten y humillen hasta la muerte en la cruz. Jesús se abre a sus discípulos y amigos, pero, parece que ellos no acaban de comprender; no señala el evangelista ningún comentario ni pregunta horrorizada ante la descripción de la tragedia, que va a tener lugar en los próximos días, quizá les parece, como a Pedro en otra ocasión, imposible que vaya a pasar esto, porque esperan su fin como rey de los judíos. Tampoco comentan ni se extrañan de la promesa de la resurrección.
¡Qué solo debió sentirse Jesús! Nosotros también olvidamos las obligaciones del amor: el consuelo en su pasión, la acción de gracias y la caricia de la alabanza, entregados egoístas a rogar y pedir.
El segundo punto de meditación nos lo da la postura de los apóstoles: Ellos estaban en otra cosa, en sus ambiciones, en sus pequeñeces. El pasaje muestra cómo dos de ellos, el discípulo amado y su hermano, hacían cálculos sobre el poder que podrían conseguir sentados en el reino terrenal, uno a la derecha y otro a la izquierda. Mateo pone la petición en boca de su madre. Ella, con una corta visión humana no ve que la auténtica felicidad de sus hijos es ser amigos del Señor, testigos de su presencia, escogidos para la misión de extender la buena nueva por el mundo. Jesús no se enfada ante la incomprensión de los suyos: “No sabéis lo que pedís”. Tampoco nosotros comprendemos a veces, lo que es ser sus seguidores. “¿Podéis beber el cáliz que yo beberé?”, y la pareja, temperamentales y valientes, contesta: “Sí podemos”, sin saberlo, eligen la incomprensión, la persecución y quizá al martirio. Cuando nos ponemos en manos de Dios y nos arriesgamos a decir “haz tu voluntad,” tampoco sabemos qué podrá enviarnos, pero será lo mejor viniendo de Él.
Y el tercer punto es la enseñanza de Jesús que, reúne a sus discípulos, les previene contra las ansias del poder que tiraniza. “No será así entre vosotros” y deja clara nuestra obligación del servicio humilde. Aquél
“Seréis como dioses” sigue en el interior humano. El poder es el gran enemigo del mensaje cristiano. Participar del poder sentados a la derecha o a la izquierda, mejor aún en el centro como presidente o director, para sentirse por encima de otros. Tener subordinados a quienes infundir respeto, miedo, imponer sus criterios, sus caprichos e incluso sus sucios intereses. Esto hacían los sumos sacerdotes, inflados por la supuesta cercanía a Dios, desde sus cargos de guías espirituales. Hasta en la tarea de convertir y predicar puede esconderse el deseo de dirigir e imponer desde la superioridad de estar en posesión de la verdad.
