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BuenaNueva 23

El perdón en el matrimonio

By BuenaNueva5 de junio de 2012Actualizado:4 de noviembre de 2012No hay comentarios10 Mins de lectura
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El matrimonio tiene una especial vinculación con el sacramento de la reconciliación. Con frecuencia las situaciones matrimoniales reflejan la conflictividad propia de toda relación humana y no es sorprendente que en su seno se den las deficiencias y el pecado. A veces nos encontramos con situaciones difíciles en la relación conyugal, sobre todo cuando se han estado dando incomprensiones, ofensas y hasta infidelidades y traiciones que producen daños irreparables y que escapan al control humano, al producirse heridas y recuerdos difíciles de borrar. Cuando la convivencia queda malparada y casi destruida, sólo puede ser restituida por el perdón. Amor y perdón son una misma cosa; de hecho, el amor que Dios ofrece al hombre es, siempre y en primer lugar, perdón, porque se dirige a una humanidad pecadora necesitada de reconciliación. Si Dios se dona incondicionalmente al hombre, todo pecado es una traición al amor de Dios, una especie de adulterio. Sin embargo, Dios no reacciona con ira ni actúa movido por deseos de venganza, sino con el perdón.

primero, misericordia

Pero para que pueda darse la reconstrucción de la comunión perdida, es necesario la cooperación de dos voluntades: la de quien concede el perdón y la acogida de parte del culpable, pues el rechazo del perdón sólo conseguiría agravar la herida. El perdón consiste, en primer lugar, en comprender que el mal que hay en el otro es manifestación de una enfermedad, carencia y necesidad, lo que se traduce en compasión. Para ello es necesario entrar en el interior del sufrimiento de la otra persona que, al no aceptarlo, la lleva a hacer el mal. Viendo su miseria, en lugar de golpearla, es necesario acogerla y meterla dentro de uno mismo, acariciarla y consolarla, tal como haría una madre con su hijo enfermo. Esta es la actitud divina para con el hombre al que introduce en el útero —que es la Iglesia— para gestarlo de nuevo. Es el primer momento del perdón y del amor: la clemencia y la misericordia. Con ello se busca el bien del otro, su corrección, nunca su castigo, lo que comporta cargar con el peso del otro para aliviarle la carga, sufrir con él y, a veces, a causa de él, como ocurre con un enfermo difícil al que se está cuidando.

segundo, conversión

Pero este amor no es complicidad con el mal, no es excusar y olvidar como si nada hubiera ocurrido, porque sí ha ocurrido algo que ha dañado la comunión y, aunque se quiera olvidar, permanece oculto corroyendo la relación entre ofendido y ofensor. El perdón se ajusta a la verdad y exige del culpable el reconocimiento de su pecado y de sus consecuencias sobre los demás. La oferta del perdón tiende a transformar al otro y a renovarlo interiormente; por eso, no basta con aceptarlo sin más: es también una llamada a la conversión. Supone hacerle ver su injusticia, puesto que ha roto una relación personal al no darle al ofendido lo que se le debe y que esta deuda debe ser satisfecha para que se restablezca la comunión. Pero por encima de la justicia humana, que, aunque repara la injusticia no exime al culpable de ser injusto, el perdón que otorga Dios, hace justo al injusto. Este es el segundo movimiento del perdón: otorgar el perdón. Es la experiencia de todo hombre que se acerca con sinceridad al sacramento de la reconciliación. En él se dan las condiciones necesarias para el perdón: el reconocimiento de la propia culpa, el arrepentimiento y la acogida de la gratuidad del perdón.

tercero, humildad

En el caso humano, la decisión de perdonar puede pasar por sucesivas etapas pues, lo primero que suscita la injusticia cometida en quien la sufre es el deseo de venganza, que es una alteración de la justicia; el rencor, que identifica al culpable con el mal que ha cometido y conduce al odio hacia su persona, y las falsas razones del perdón que lo desvirtúan, como el sentirse mejores que el perdonado, o buscar la gloria y las ventajas personales. Es lo primero que hay que superar, porque, con frecuencia, el ofendido se cree superior al ofensor al considerarse justo mientras que el otro es tildado de injusto. El Evangelio nos advierte contra esta equivocación, pues “cuando vayas con tu adversario ante el juez, mientras vas de camino ponte a buenas con él, no sea que el juez te entregue al alguacil y vayas a parar a la cárcel y no salgas hasta pagar el último céntimo” (Mt 5,25). Porque cuando uno lleva al adversario ante el juez, lo hace convencido de su propia inocencia y de la culpabilidad del otro. Pero el juez le dirá: “¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga que hay en el tuyo?” (Mt 7,3). Nadie es mejor que su hermano y todos somos culpables. Quien reconoce esta verdad y ha experimentado el perdón gratuito de Dios está en disposición de perdonar, puesto que él mismo ha sido perdonado. Es lo que pretende enseñar la parábola del siervo sin entrañas. Éste no pudo perdonar porque él mismo no se consideró culpable y no acogió el perdón de su Señor (ver Mt 18,23-35).

cuarto, pasar por la cruz

Si se superan estas fases, entonces el perdón se convierte en un acto de amor que sitúa tanto al que perdona como al que es perdonado en su verdadera dignidad personal. El perdón, como todo acto de amor, gratuito y desinteresado, tiene también un aspecto sacrificial y supone pagar un precio, pues el que perdona renuncia a la satisfacción que se le debe, asume la deuda del otro, le reconoce y devuelve la dignidad y la justicia que había perdido, y restablece la comunión. Pero tanto para quien concede el perdón coma para el que lo recibe supone pasar por la cruz, por una muerte y una resurrección: para el primero morir a creerse justo, reconociendo también sus infidelidades sin juzgar; para el segundo, confesar su falta y experimentar un nuevo renacimiento. El perdón redime y se convierte en el don perfecto, cancela la actuación del otro, no se le imputa, por lo que deja de existir la ofensa. No se trata de una reparación, sino de una verdadera regeneración de la persona tal como hace Cristo, que con su cruz nos transforma de enemigos en amigos. Él ama al pecador porque conoce su sufrimiento, aguarda su conversión y espera su vuelta para que pueda ser restituido a su dignidad de hijo. De modo semejante, el cristiano está llamado a amar a su enemigo porque espera su conversión y a ser verdaderamente hermano. Por eso supone abajarse y acercarse al ofensor, para recorrer junto con él un mutuo camino de transformación. Es la ley de la redención, la que ha transitado Cristo, que se ha abajado hasta el hombre pecador para hacerlo justo y devolverle su dignidad de hijo amado.

una nueva creación

En la dinámica del perdón se da una doble coacción tanto para el que es perdonado como para el que perdona: pedir perdón y darlo; darlo y recibirlo. Solamente si el perdón otorgado es recibido, alcanza al culpable que se siente realmente perdonado, pues para que se complete la dinámica del perdón, necesita ser aceptado por el que es perdonado. Si el perdón supone el reconocimiento por parte del culpable de su falta, pide, asimismo, el arrepentimiento y la voluntad de evitarlo en lo sucesivo. La prueba de que el perdón ha alcanzado el objetivo de transformar al culpable, haciendo de él una nueva creación, es que éste es capaz, a su vez, de perdonar y de usar misericordia, de amar como ha sido amado.

La cuestión estriba en si es posible para el hombre el perdonar verdaderamente y, en concreto, dentro del matrimonio, puesto que la ofensa del cónyuge altera notablemente la relación matrimonial y pone en duda la viabilidad de la misma. Pero cuando se unieron en matrimonio, se aceptaron el uno al otro con todas sus debilidades y, también, con su capacidad para ofender y traicionar, por lo que el amor conyugal ha de ser, igualmente, un amor de misericordia, tal como lo es el amor de Dios que se dona a nosotros contando con nuestras deficiencias, por lo que su amor es, desde el principio, posibilidad y acto de perdón. Así pues, cuando todo parece perdido, el perdón, y sólo él, abre el camino a una donación y acogida mucho más profunda y madura. Claro está, que este don no se puede dar si no ha sido antes recibido, por lo que sin la gracia y la ayuda del Espíritu Santo, es imposible perdonar; pero justamente porque se da el perdón, se tiene la garantía de la presencia del Espíritu.

El Espíritu es donado por el Resucitado a la Iglesia precisamente para el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados” (Jn 20,22-23). Y para la Iglesia, conceder el perdón es un deber a fin de que no se pierda ninguno de los pequeños; y ¿quién más pequeño que el pecador que ni siquiera tiene justificación? Para ello se requiere la paciencia del que sabe esperar porque no desprecia ni condena al culpable sino que le concede la posibilidad de una conversión.

cuando uno no quiere ser perdonado

A veces cuesta la reconciliación de la pareja porque no es fácil olvidar y los recuerdos siempre dejan huella de lo sucedido; pero puede ocurrir, como con el recuerdo de nuestros pecados perdonados, que este sentimiento nos lleve a una gratitud más profunda por la misericordia recibida y, al igual que la pecadora perdonada, mucho ama porque mucho se le ha perdonado. De modo semejante, las culpas perdonadas de corazón en el matrimonio pueden llevar a un amor más humilde y agradecido.

El perdón del cónyuge que ha sido abandonado tiene por objeto la reconstrucción de la comunión, pero queda en suspenso a la espera de una acogida por parte del otro, respuesta que puede no llegar; en tal caso la soledad del cónyuge abandonado no es un fin en sí misma ni la afirmación orgullosa del que se cree moralmente superior al otro: se trata de una espera suplicante y llena de esperanza de una respuesta del otro y, como dice un autor antiguo: “Es en vista del arrepentimiento por lo que el hombre no debe casarse de nuevo. Si se os pide que permanezcáis libres con vosotros mismos, es porque en tal caso la penitencia siempre es posible”. Porque si el principal deber del cónyuge es hacer feliz al otro, el mayor bien que le puede ofrecer es ayudarle a encontrarse con Cristo. Por eso espera y no se vuelve a casar buscando la conversión del otro, dejándole expedito el camino del retorno; si se casara, el otro a su vez se sentiría justificado y no llamado a conversión, con lo que su pérdida podría ser irremediable. De este modo está poniendo en práctica los votos que prometió en su matrimonio de amar en toda circunstancia y para siempre. Pero ¿cómo se puede amar para siempre a una persona que, por su propia naturaleza es cambiante? Solamente si se ama lo que es eterno en el otro; y en el otro, lo eterno es la llamada que tiene a la comunión con Dios y que pide respuesta. Esto es amar: querer el bien del otro, su destino último y dedicar la propia vida para que se cumpla. Por eso se puede ser capaz de perdonar y de introducir la novedad de Dios en la fragilidad del amor humano. No es banalizar la ofensa, sino que, precisamente porque es asumida con dolor, es capaz de regenerar y de construir una comunión de personas.

buenanueva23 Ramón-Domínguez-Balaguer
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