En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?»
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando (San Marcos 6, 1-6).
COMENTARIO
«Lo que se ve es temporal, lo que no se ve es eterno» (2 Co 4, 18).
Nuestro acceso al conocimiento, a la sabiduría se realiza a través de la experiencia, que tamizamos a través de nuestra razón, que está construida de experiencias previas.
Y qué hacer ante lo nuevo.
Gracias a lo nuevo, a nuevas experiencias, se ha producido el desarrollo humano.
Fleming se preguntó por algo que no le había sucedido nunca: un cultivo de unas bacterias desapareció literalmente de su cajón. Y se preguntó qué podía haber pasado y descubrió la penicilina.
Jesús todo lo hace nuevo porque viene con el poder del cielo. Es la radical novedad.
Y sus paisanos, que tenían la experiencia, el conocimiento de quién era, el hijo del carpintero, lo rechazan.
Reconocen que hay algo especial en ese hombre que ha salido de entre su vecindario, pero rechazan lo que ven sus ojos, porque su sesgo, su razón, su experiencia previa le pone unas vendas en los ojos.
Nos podemos acostumbrar a las cosas santas. A los milagros. A las “Diosiciencias”. Y vivir diciendo, como los vecinos de Nazaret: ¿No es este el carpintero, el hijo de María, a quien conocemos? ¿Puede hacer algo extraordinario? ¿Me puede curar? ¿Puede cambiar mi vida?
Y si no le doy espacio, el Espíritu se constriñe, y pierdo la perspectiva de que es el mismo Dios, encarnado, quien se acerca a mi vecindario para darme una experiencia nueva, la Vida Eterna.
Vemos a un hombre y no vemos que esconde la inmensidad de Dios.
Vemos sus obras y no le creemos.
Dice el Señor: no creáis en mí, pero por lo menos creed en mis obras.
Y su obra maestra es la creación del hombre nuevo, el nuevo Adán, que experimenta todos los días el amor y la bondad de Dios, que puede andar sobre serpientes y alacranes y no se le cae de la boca la bendición.
Esa es nuestra vocación y lo que quiere hacer el Señor con nosotros.