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Evangelio

ANUNCIANDO EL REINO DE DIOS

By Antonio Segoviano9 de febrero de 2026No hay comentarios4 Mins de lectura
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En aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron.

Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca; cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban (San Marcos 6, 53-56).

COMENTARIO

Jesús y los suyos desembarcan en Genesaret, lugar de la orilla occidental del Mar de Galilea, para recorrer las aldeas, pueblos y ciudades cercanas como Magdala, Tiberias, Hammat… Comienzan una predicación itinerante, acompañada de curaciones, signos y milagros de distintos tipos. Su fama se extiende por la comarca y el pueblo le busca como su sanador y el remedio a todos sus males.

¿Qué predica Jesús? Que con Él ha llegado el Reino de Dios anunciado por los profetas. Las numerosas curaciones son una señal, una prueba de la verdad de ese mensaje. Su popularidad aumenta de día en día. Allí donde se sepa que Él ha llegado, todos van a su encuentro, esperando hallar en Él es solución a sus miserias y calamidades.

Aunque a Jesús esa popularidad es lo que menos le importa. Él ha venido como testigo de la fidelidad de Dios a las promesas hechas a su pueblo.

Anuncia un tiempo nuevo, el tiempo del cumplimiento y de la salvación. Los milagros confirman la credibilidad de su palabra. Él proclama el inicio del reinado de Dios, su poder sobre el mal multiforme que aflige a los hombres: la libertad para los cautivos de sus culpas, la misericordia para los pecadores, el consuelo a los que sufren y la apertura de una nueva relación con el Altísimo, una relación paternofilial, amorosa. Un año de gracia, de remisión completa de todas las deudas.

Las gentes galileas oprimidas y explotadas por Roma, y olvidadas por los líderes religiosos de Israel, sólo pendientes del exacto cumplimiento de la Ley vivían en un estado de estrechez, de postración y abatimiento moral. Para estas muchedumbres de indigentes, mendigos ante Dios, la palabra de Jesús resulta liberadora. Es la luz en medio de sus tinieblas, y las curaciones invitan a creer en El.

El Señor contempla con inmensa piedad a esas masas de seres pobres, desorientados y perdidos. Por ellos recorre aldeas, pueblos y ciudades, y de mil formas les va enseñando que Dios conoce bien el sufrimiento de cada uno, que ellos son sus elegidos y que no quiere que ninguno se pierda. Sólo es preciso que confíen en El. Así pues, no escatima esfuerzos, ni evita lugar alguno habitado; incluso enviará a los suyos a proclamar la misma palabra. Y las gentes se comunican unas a otras la feliz noticia de que en Galilea ha surgido un profeta que anuncia la llegada del Reino de Dios. Y también por ese medio se difunde más y más su fama y su mensaje. Así todos le buscan allí donde esté.

Me pregunto si los cristianos de hoy buscamos a diario a Cristo, sabiendo dónde encontrarle, en la Iglesia, con la misma ansia con que lo hacían sus paisanos de Galilea. O tal vez solamente nos importa encontrarlo cuando nos vemos acorralados o atrapados, sometidos a alguna clase de mal.

Ciertamente vivimos en una sociedad bien distinta de la que vio Jesús en su tiempo. Una sociedad del bienestar, del consumo, de la calidad de vida, donde el problema no es la falta de recursos, sino el cómo o en qué gastarlos. Sin embargo, la cuestión esencial del ser humano no ha cambiado, ni cambia ni puede cambiar: el hallar un contenido satisfactorio a la existencia, el que la vida tenga una finalidad que justifique el esfuerzo diario de la lucha por ella y que, en definitiva, ésta sirva para algo válido.

Tal vez nosotros no somos muy conscientes de todo esto en el día a día, inmersos como estamos en el vértigo de la actividad cotidiana, luchando por un buen vivir y por una ambición siempre insatisfecha. Pero hay momentos en la historia, cuando se te muere un ser querido, cuando padeces una enfermedad grave, o un duro revés en la familia, en que te preguntas, sin encontrar respuesta, si toda esa lucha diaria sirve para algo, si vale la pena. Y es ahí, en esa incertidumbre, donde Cristo nos espera, donde sentimos la necesidad de encontrarle y donde, finalmente, podemos llegar a experimentar que, después de todo, la vida junto a Él vale la pena.

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