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Evangelio

«Venid y os haré pescadores de hombres»

By Jerónimo Barrio Gordillo12 de enero de 2026No hay comentarios4 Mins de lectura
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Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.

Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación, los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él (San Marcos 1, 14-20).

COMENTARIO

A veces creemos que ser cristiano es seguir un conjunto de ideas y de buenos valores predicados por Jesús. Ser socialista entonces conceptualmente sería algo parecido, un fiel seguidor de las ideas de Marx, salvando las distancias obvias

Si seguimos este planteamiento ideológico, al final y en la práctica, no nos separa del cumplimiento de nuestro «cristianismo» nada significativo con los buenos pacifistas o los veganos y ecologistas, al fin y al cabo, seríamos fieles a unas ideas más o menos buenas

Pero afortunadamente ser cristiano no es eso. Los cristianos seguimos a una persona no a unas ideas. La diferencia es notable porque unas ideas no irrumpen en tu vida y te dicen deja lo que haces y sígueme, eso solo lo puede hacer una persona. Ser cristiano es seguir a Cristo, un hombre que vivió en un tiempo concreto y que se acercó a otros hombres para hablarles y proponerles seguirle.

El relato del Evangelio de hoy cuenta una escena que parece que fue algo pasado que les ocurrió a los apóstoles cuando se toparon con Jesús. La reacción de ellos fue concreta, inmediata, contundente… dejaron lo que estaban haciendo y le siguieron. No dejaron de hacer algo malo y le siguieron, dejaron algo tan serio como su medio de vida, su profesión, su oficio y a sus familiares. Es una escena que parece muy romántica pero que es muy dura, abandonan, para seguir físicamente a Jesús, lo bueno y justo que hacían en ese momento.

La clave para entender esto es la propia persona de Jesús.  Si Jesús es Dios, sobreponer cualquier otra cosa, por buena, digna y justa que sea en nuestras vidas a su llamada, no sería una falta de afecto o de fortaleza, sino simplemente una irracionalidad, una simple falta de juicio.  No seguir a Dios, tu creador, el principio y el fin de tu vida, que te llama y te tiende la mano, sería una locura. La otra explicación a  la tibieza en el rechazo de su llamada es la falta de fe real para creer que es el mismo Dios, Rey de todo lo creado, el que te llama.

Ubícate ahora en la misma escena de los apóstoles, Simón, Andrés, Santiago y Juan… es ahora a ti a quien llama ¿cómo no voy a dejar mis redes, mi barca, mis apegos…? Cuando de verdad me creo a Cristo, lo que es, seguirle cuando te llama es la respuesta más lógica y los sacrificios de ese seguimiento, un asunto irrelevante porque nadie debería, ante la llamada del Señor, hacer esos ridículos cálculos. Si los hacemos, es porque no nos creemos de verdad que esa llamada es de Dios.

Seguimos a un hombre cuyas palabras y doctrina demostraron su divinidad, le seguimos corporalmente, aunque ahora no podamos verle físicamente pasar por nuestro puesto de trabajo y escucharle decir «venid en pos de mi…» Le seguimos y dejamos todo cuando por El somos señalados, perseguidos, calumniados o ridiculizados, cuando perdemos por El, a los ojos del mundo, fama o gloria; le seguimos de verdad cuando lloramos por no ofenderle nunca en nuestras acciones, las que hacemos con nuestro cuerpo. Seguir a Jesús no es una ideología, es una realidad física, cotidiana, una persona a la que puedo comer sacramentalmente, visitar y escuchar en la oración, no como un fanático que se cree cualquier idea, sino como un apóstol que sabe a quién sigue, al verdadero Rey, al único Señor al que hay que servir, con nuestras manos y nuestro corazón.

Esa es la verdadera conversión, el camino al que nos arrastra el convencimiento de seguir a un hombre que vivió entre nosotros y murió crucificado, resucitó al tercer día y ahora está presente en sus sacramentos, pero no por eso menos personalmente que cuando llamó a los discípulos a dejar sus redes.

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