En aquella hora Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quien es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron” (San Lucas 10, 21-24).
COMENTARIO
Jesús se alegró. Sin embargo, no hay mucha iconografía en la que Jesús aparezca alegre, mas bien se le representa sufriente, y cuanto más grave sea su expresión o extremo su dolor, la obra mueve a mejor y mayor compasión. Su imagen, para la historia del arte y para la representación mental de los creyentes es predominantemente esa; la del siervo de Yahvéh, la del crucificado. Lo cual es certero e indubitado.
Personalmente he rastreado, esta peculiaridad de la humanidad de Cristo; en los Evangelios el Hijo del Hombre aparece llorando (Lc. 19,41), pero no riendo (ni cantando).
No obstante, en el pasaje de hoy y de siempre (“En aquella hora”), “Jesús se llenó de alegría en el Espíritu Santo”. Vemos a Jesús contento y, precisamente, por obra del Espíritu Santo. Dos buenas noticias para el hombre; el Cristo es tan humano que es capaz de alegrarse y de hecho se alegra, y se puntualiza que es el Espíritu Santo el insuflador de tal alegría. En un mundo arrasado por la tristeza, el desencanto y la alienación, hete aquí que aparece el Espíritu Santo, al que se podría, si licet, reconocer un “octavo don; el don de la alegría”, que consta concedido a no pocos santos, y que, desde luego, se asocia a la conversión y al encuentro personal con Él.
Ahora bien, la alegría de Jesús no es meramente psicológica, fruto de una carácter animoso o simplemente optimista. Tampoco es, en primera lectura literal, efecto del vino “Que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15). Lo que alegra a Jesús, lo mueve y conmueve, es la propia contemplación de la obra de su Padre, materializada en Él mismo.
Y lo expresa en forma de acción de gracias, solemne y profunda. Se dirige al “Señor del Cielo y la Tierra”, habla con el autor del Universo. Y le expresa su alegre gratitud, por el hecho de haber tomado una paradójica decisión, libérrima para el que todo lo puede: revelar estas cosas a “los pequeños”, y haberlas ocultado a “sabios y entendidos”.
Vemos en acción a la Trinidad; el Padre lo ha resuelto así, el Espíritu alegra a Jesucristo y éste se adhiere gozoso a la decisión de su Padre. La Trinidad al unísono comparte esa paradoja, entonteciendo a los sabios y enalteciendo hasta la verdadera sabiduría a los “anawin” ( los pobre de Yahveh). Se puede aventurar que esa preferencia por los anawin es la que alegra el corazón de Jesús, y no tanto por Él, que no necesita de nada, sino por sus queridos anawin, cuyo inminente alivio seguro alegra su corazón.
Esta sabiduría escondida, este secreto inimaginable – permutar sabiduría por pobreza – es algo que pertenece al arcano intra trinitario. Todo, todo, ha sido entregado por el Padre al Hijo, y por tanto, también, la ciencia de esa “confusión” entre y para entendidos e ignorantes. Todo deriva, en esta definitiva confesión, de quién conoce y es conocido por su Padre. Esta auto revelación explícita es necesariamente fuente de alegría. La palabra “Quien” cobra aquí don sentidos; el Hijo sabe quien (identificativo) es su Padre, pero al mismo tiempo conoce completamente “Quien” (cualitativo) es su Padre; es decir, lo que es capaz de hacer el Padre, y lo que tiene decidido ya; el motivo de su alegría.
Pero todo eso se abre, justamente, cuando esa ciencia inabarcable Jesús aclara que puede ser conocida por aquellos a quienes Él se lo quiera revelar. Un nuevo motivo, o elevación de intensidad – por así decir – de su alegría. El está facultado para todo.
Está hablando aquí con sus discípulos, y, para que, pedagogicamente, puedan acercarse al abismo que acaba de compartirles, los llama “dichosos”, “felices” “ashrei”. Y los compara, por contraposición, con los reyes y profetas que, pese a desearlo ardientemente, no lograron ver ni oír lo que ahora ellos, por su medio, oyen (de Él) y ven (en Él). Los sabios y entendidos, léase reyes y profetas, contemplarán asombrados como los anawin les preceden en el reino de los cielos. Está invitando a sus discípulos a tomar conciencia de que en su pobreza, siguiéndolo a Él, está su felicidad Los diversos caminos de dicha que se abren en las bienaventuranzas realzan la felicidad de los pobres (Mt 5,3; Lc 6, 28), cuyo prototipo es la Humilde de Nazaret. Su alegría, que Él ya goza.
